A pocos kilómetros de donde las torres de perforación marcan el paisaje de Vaca Muerta, un
grupo de mujeres construye otra economía posible. No con promesas de crecimiento infinito
ni divisas petroleras, sino con las manos en la tierra, bioinsumos elaborados colectivamente
y la certeza de que alimentar es un acto político.
La Cooperativa Manos que Siembran nació en 2021 en el Alto Valle de Río Negro y
Neuquén, cuando mujeres de Cinco Saltos, Paraje El 15, Centenario y Paraje El Arroyón
decidieron formalizar lo que ya venían haciendo: producir alimentos sin venenos, compartir
saberes y sostener la vida desde la agroecología. En 2024 se formalizaron legalmente, pero
su historia es mucho más larga, tejida en encuentros, capacitaciones y la necesidad
territorial de otra forma de producir.
El modelo que no se come
Mientras Vaca Muerta rompe récord de extracción de petróleo y se proyecta a 50 años
como la potencia de la economía regional y posicionamiento global, la realidad es que esa
riqueza concentrada contamina suelo y agua, expulsa población rural y profundiza un
modelo que no da de comer a su pueblo.
Las divisas de petróleo no garantizan la seguridad alimentaria, no proyecta soberanía y
menos trabajo digno para las mujeres rurales, históricamente invisibilizadas en las
estadísticas productivas.
La pregunta que plantea la cooperativa es simple pero radical: ¿Qué economía queremos?
¿Una que extrae y agota, o una que regenera y multiplica?

Bioinsumos: tecnología desde abajo
El proyecto de la planta de bioinsumos que impulsa la cooperativa es una respuesta
concreta a esa pregunta. No se trata solo de producir jabón potásico, bocashi o biol para
reemplazar agroquímicos. Se trata de construir soberanía tecnológica: que las mismas
mujeres que cultivan puedan elaborar, controlar y distribuir los insumos que necesitan, sin
depender de corporaciones ni paquetes tecnológicos como una imposición de mercado
regulado a precio del dólar.
Como explica la ingeniera agrónoma Carla Basso, responsable técnica del proyecto, los
bioinsumos que producirán están elaborados a partir de «organismos vivos o de sus
derivados, y fracciones minerales que mejoran la salud de los cultivos y del suelo». Pero hay
algo más profundo: estos productos nacen de la economía circular. Aceites vegetales
usados, cenizas limpias, bagazos de cervecerías, estiércol, restos de poda. Lo que el
modelo extractivista considera desecho, la agroecología lo transforma en un potente insumo
de la soberanía alimentaria.
Mujeres que producen conocimiento
La biofábrica que están levantando no es solo un espacio productivo. Es un laboratorio de
saberes técnicos y populares, donde se validan experiencias campesinas en integración con
la Universidad Pública. Desde 2022, la cooperativa participa de proyectos de extensión de
la Universidad Nacional del Comahue sobre reproducción de semillas criollas y producción
de plantines agroecológicos. Este año además, en conjunto con la coordinadora del cuadro
frutícola agroecológico de la Facultad de Ciencias Agrarias UNCo, se produjeron y aplicaron
bioinsumos que entrarán al ciclo productivo para salir como alimento para los comedores
universitarios.
Este vínculo entre universidad y territorio desmiente uno de los mitos más persistentes del
desarrollo: que la innovación tecnológica solo puede venir de arriba. Acá la tecnología se
construye desde las necesidades concretas, con las manos de mujeres que conocen el
suelo, las heladas, los insectos de cada estación.
Y eso tiene un impacto de género que no es menor. Históricamente, las mujeres rurales han
sido relegadas a roles de «ayuda familiar», sin reconocimiento técnico ni económico. La
biofábrica invierte esa lógica: las socias no solo producen bioinsumos para sus propios
cultivos, sino que buscan escalar la producción, gestionan ventas, hacen red con otres
productores, controlan calidad y generan ingresos autónomos.


Economía que cuida, no que extrae
El contraste con el modelo extractivista es brutal. Mientras Vaca Muerta promete empleo a
cambio de territorios sacrificables, la cooperativa propone trabajo que no destruye las
condiciones de su propia reproducción. Los bioinsumos que elaboran mejoran el suelo en
lugar de agotarlo, recuperan residuos en lugar de generar pasivos ambientales, y fortalecen
redes locales en lugar de concentrar poder corporativo.
El impacto económico también es tangible. Producir bioinsumos localmente reduce costos
para las más de 50 productoras y productores agroecológicos locales que esperan
abastecer. Evita traslados de larga distancia, achica la huella de carbono y fortalece un
sistema alimentario descentralizado. Cada peso que circula en esta red se queda en el
territorio, en lugar de fugarse hacia corporaciones transnacionales.
Lo que está en juego
No es casualidad que este proyecto nazca en la misma región donde el Estado nacional y
provincial apuestan todo al fracking. La disputa no es solo ambiental o productiva: es sobre
qué entendemos por desarrollo, quién lo decide y quién se beneficia.
El modelo de Vaca Muerta propone sacrificar territorio a cambio de divisas que nunca llegan
a les que viven ahí. La cooperativa propone otra cosa: cuidar el territorio para que siga
produciendo alimentos, trabajo y vida. No es una economía de subsistencia resignada, sino
una apuesta política por la autonomía en una construcción cotidiana y prefigurativa.
Como dicen las propias mujeres de Manos que Siembran: «No solo producimos para
nosotras, buscamos escalar con tecnología desde abajo». Esa frase condensa todo:
producción colectiva, acceso a herramientas, conocimiento validado y horizonte de crecimiento. Pero crecimiento de otro tipo, que no agota sino que regenera.
Sembrar futuro
La planta de bioinsumos se proyecta con equipamiento básico: balanzas, tanques plásticos,
zaranda con motor, chipeadora. Nada sofisticado comparado con las inversiones millonarias
del fracking. Pero ahí está el punto: no necesitan torres de perforación para transformar su
realidad. Necesitan un espacio físico, insumos locales, formación continua y redes de
apoyo.
Ya tienen protocolos para elaborar jabón potásico, cola de caballo, apichi, bocashi y
compost. Planean instalar un laboratorio básico para control de calidad microbiológica. Y
sobre todo, tienen certeza de que lo que están construyendo no se acaba cuando se
termina el recurso, sino que se multiplica con cada cosecha.
Mientras el petróleo de Vaca Muerta tiene fecha de vencimiento, la tierra nutrida y saludable
produce indefinidamente. Mientras el extractivismo expulsa población, la agroecología la
arraiga. Mientras las divisas hidrocarburíferas se concentran en pocas manos, la economía
cooperativa distribuye.
Las mujeres de Manos que Siembran no están pidiendo migajas del modelo dominante.
Están construyendo otra economía desde abajo, con bioinsumos que fertilizan el suelo y
con organización que fertiliza el territorio. Porque saben que el futuro no se extrae: se
siembra.
Esta nota fue escrita por Ana Ibáñez, integrante de la Cooperativa de mujeres del Alto Valle Manos que Siembran.












