Patricio Dillon, un desaparecido que vive

    Una crónica. Un homenaje a Patricio Dillon, joven roquense desaparecido por la dictadura genocida el 76´.

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    Una estampa resquebrajada y curtida por los años flamea en una bandera. La inscripción dice «Patricio Dillon vive» y recorre las calles de Roca cada 24 de marzo. En la estampa, sus ojos atrincherados nos hablan de cerca. Nos dicen, acá estoy, en la memoria y en la acción de cada una y uno de ustedes.

    Contar la vida de una persona desaparecida por el terrorismo de Estado remueve cada nudo del sentido histórico. Nos coloca en un lugar y tensiona cualquier neutralidad periodística, si es que existe.

    Resulta que hace ya diez años, cuando se cumplieron 40 años del golpe de Estado cívico y militar de 1976, una bandera del «Nunca Más» captó mi atención en Roca y el recuerdo sigue patente:

    «Patricio Dillon vive» decía la bandera, desgastada por el viento de las marchas. ¿Quién fue Patricio Dillon? Fue la inocente pregunta que despertó mi conciencia. Un desaparecido de la cuidad que figura en la lista de los 30.000. Una voz que apagó el aparato represivo de la dictadura militar. Todo eso seguro.

    Pero no era suficiente, ¿cómo fue su vida antes de su secuestro y desaparición? Pasaron algunos días y gracias al trabajo colectivo en mis años de universidad supe que Patricio era un jóven peronista, un emblema de la militancia política, en una cuidad que recibió su cruda tajada en la noche más ocura.


    Patricio y la levadura de la masa

    Jorge Patricio Dillon nació un 13 de Octubre de 1953. Pertenecía a una familia de trabajadores, que podemos clasificar en la nueva clase media de aqueños años.

    En la esquina Italia y Tres Arroyos vivía con su madre, Sara Gigena Dillon, quien lo crió junto a Coca Gigena, hermana de Sara y tía materna de Patricio. Su padre falleció cuando era apenas un chiquilín de tres años.

    De estudios primarios y secundarios en el Colegio Domingo Savio, el cristianismo funcionó en su entorno como cuna social. Mas tarde frecuentaba la «Parroquia Cristo Recusitado» del barrio Quintu Panal, uno de los más antiguos de la cuidad.

    ubicada en calle Brasil 581, es uno de los centros parroquiales más conocidos de la cuidad. Comenzó a funcionar en 1972 bajo la guía del padre Franco Ruggiero.

    La literatura fue parte de su estante cotidiano. Su madre le inculcó el buen hábito de la lectura. Eso le despertó una especial sensibilidad social para con su pueblo, trabajando con las capillas y en intensas tareas barriales.

    Se cuenta también que participó en varias ediciones de la Fiesta de la Manzana como organizador, cuando por aquel entonces era un evento gesionado por los vecinos. La cultura y el arte lo acompañaron desde chico.

    Pero no todo quedó allí, encaminado su juventud quiso llevar su compromiso social a un nivel más profundo de transformación. Decidió apropiarse del acontecer político de su país en un contexto de represión militar y democracias condicionadas.

    Corrían los años sesenta y las utopías revolucionarias florecían dentro de una enorme participación juvenil en la política y la cultura latinoamericana. Lo viejo era suplantado por lo nuevo. Artes contraculturales se plasmaban en los diferentes lenguajes del mundo moderno.

    Pero, parafraseando a Antonio Gramsci, lo viejo no alcanzaba a morir. Movimientos políticos de liberación nacional se enfrentaban con crueles dictaduras engendradas desde los centros del poder internacional y las oligarquías locales.

    Argentina era una pieza clave en aquel mapa geopolítico, con un peronismo proscripto y grandes luchas obreras que marcaban el clima de época.

    En la ciudad de Dillon, los acontecimientos del «Rocazo» fueron el estallido de estas controversias históricas, cuando la ciudad valletana levantó la frente y salió a la calle entre el 3 y el 20 de julio de 1972.

    fuente: Archivo histórico del Diario Río Negro.

    El hecho puntual que calentó la olla fue una decisión tomada el 30 de junio del mismo año por Roberto Requeijo, un general que gobernaba la provincia como interventor federal desde el 1969, cuando el dictador Juan Carlos Onganía lo dispuso en ese mando.

    Requeijo Intentó crear el Juzgado Número 6 en Cipolletti, desmembrando la Segunda Circunscripción Judicial que tenía su sede en Roca.

    El pueblo lo entendió como un pisoteo a su soberanía y el peso de las protestas cayó sobre la espalda del intendente de la ciudad, Fermín Oreja, quien no soportó y presentó su renuncia.

    las fotos más icónicas del rocazo (archivo Diario Río Negro)

    La movilización unificó a los distintos sectores sociales, económicos y políticos en contra del gobierno militar de la provincia.

    Asociaciones de profesionales. Grupos tradicionales. El Diario Río Negro. Organizaciones de la más heterogénea identidad política armaron un gobierno municipal provisional a través de una gran asamblea ciudadana.

    El hastío que provocaba el autoritarismo fue lo que se expresó en esas jornadas, donde la más genuina voluntad popular se hizo poder. En esos días fríos de junio, la ciudad ardía y se convirtió en una de las tantas puebladas argentinas de los años 70′.

    Hubo además un segundo Rocazo, el 6 de marzo de 1973, cerca de las primeras elecciones libres luego de 17 años en el país. El objetivo fue impedir que el mismo gobernador de facto Requeijo se presente con su Partido Provincial Rionegrino.

    El Rocazo era un peligro que florecía en una apasionada y convulsionada realidad política nacional, con una fuerte organización de los movimientos obreros y una escalada represiva del gobierno de Lanusse, que se veía cada vez más encerrado en su propio laberinto.

    Su compañero de militancia, Benedicto Bravo, a quien conocemos como «El Bene» lo recuerda en una entrevista realizada por estudiantes de Comunicación Social de la Universidad del Comahe para el proyecto transmedia «Memorias RN».

    Benedicto Bravo, histórico militante peronista de la cuidad de Roca/Fiske Menuco. También sufrió en su cuerpo las torturas de la dictadura.

    «El más grande intelectual que conocí» fueron las palabras del Bene. Patricio convertía a quien conocía en lector de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Alejandra Pizarnick, Arturo Jauretche y la gran literatura latinoamericana y decolonial de la época.

    Era parte de «la levadura de la masa», es decir aquellas personas que el sistema consideraba peligrosas, porque educaban con el ejemplo y atentaban contra los intereses de los poderosos, con planificación y proyección hacia el futuro.

    Pero Patricio no estaba solo, en la cuidad, en el Alto Valle, la juventud maravilla era protagonista. El peronismo venía cargado de semillas.


    El viaje a Buenos Aires

    Protagonizó un fuerte rol dentro del movimiento estudiantil local para que la naciente Universidad Nacional del Comahue tuviera su propia facultad en la ciudad de Roca, sí, la Facultad de Derecho y Ciencias Socials. Mas tarde Patricio decidió irse a Buenos Aires a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires.

    En la gran ciudad cuando se incorporó a la Juventud Universitaria Peronista y comenzó una vinculación más estrecha con Montoneros, militando finalmente en la organización político militar.

    Cuando sucede el golpe de Estado, el 24 de marzo de 1976, se encontraba en la última etapa de sus estudios universitarios y se ganaba la vida trabajando en el Banco de la Provincia de Buenos Aires.

    A pesar de que se podría haberse exiliado en España, decidió quedarse. Pero su cuerpo portaba un destino impreso y la represión no daba escapatoria.

    El joven roquense fue secuestrado el 20 de enero del 1977 con tan solo 23 años en un bar cercano a la facultad. Fue visto por última vez en el «Club Atlético», ex campo de tortura y exterminio de Capital Federal.

    Ese jovencito de espalda grande, sonrisa segura y mirada atrapante fue cultor de una aptitud constante de búsqueda intelectual, política y artística.

    Patricio logró encender los destellos de una juventud marcada por las utopías que quisieron ser reales, y lo fueron. Con su historia, las dimensiones de lo sucedido, lo macabro y despiadado de la dictadura se convierten en las señales precisas del plan de exterminio político perpetrado.


    Emblema de la memoria

    En el barrio UNTER una calle lleva su nombre. En su antigua casa, ex Secretaría de Derechos Humanos de Río Negro, el artista Chelo Candia pintó un mural en homenaje a su vida revolucionaria. Se lo ve junto a sus compañeros de la histórica UES (Unión de Estudiantes Secundarios), tal cual aparece en una foto familiar.

    Su tía, Coca Gigena lo recuerda de ésta manera

    Como dijo Bene Bravo, Patricio era la «levadura de la masa», un impresindible que hoy flamea en las banderas de la memoria y que nunca vamos a olvidar.


    La memoria colectiva

    En democracia, el Banco de la Provincia de Buenos Aires reconoció que Dillon fue desvinculado por «desaparición forzada de persona», formalizando que Patricio, junto a otras 27 personas desaparecidas fueron arrancadas del banco bonaerense por el terrorismo de Estado.

    La historia de Jorge Patricio Dillon recobró un nuevo sentido a partir del documental transmedia MEMORIASRN, realizado por las y los estudiantes de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Nacional del Comahue, con el propósito de contribuir a la memoria colectiva tras el 40 aniversario del golpe cívico-militar y eclesiástico de 1976.

    En la cuidad de Fiske Menuco/General Roca las fuerzas armadas desaparecieron a 15 personas, tanto en secuestros directos, como a quienes nacieron en la cuidad y fueron desaparecidos en otros lugares del país, o incluso personas que residieron aquí y aún permanecen desaparecidas o fueron asesinadas por la dictadura.

    En toda la provincia son 78 las personas que figuran en el Registro únificado de Víctimas del Terrorismo de Estado de Río Negro. Un informe elaborado conjuntamente por la Secretaría de Derechos Humanos, el sindicato docente UNTER y el Observatorio de Derechos Humanos.

    Este registro puede variar en función de nueva documentación y testimonios que pueden brindar un mayor información sobre la represión en la región, que los militaron llamaron Subzona 52.

    Muchas y muchos desparecidos fueron compañeros de Dillon, otros quizás no lo conocieron, y si bien su historia personal está expresada en esta crónica, el homenaje se extiende y acompaña a la memoria de cada víctima del terrorismo de Estado, sus familias, allegados y a todo un pueblo que aún sufre las heridas.

    • Redacción e investigación:Emanuel Gimenez

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