Cada 2 de abril Argentina recuerda a los héroes de Malvinas, a los caídos y a los veteranos en la guerra de 1982. Un conflicto que a fines de la dictadura cívico y militar marcó a todo el pueblo. Con Haciendo Camino viajamos junto a la Federación de Medios Digitales para cubrir la Vigilia de Río Grande, la mas imporante del país, en Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Un momento único que registramos en esta crónica.
Son las doce de la noche del 2 de abril de 2026. La sensación térmica marca 4 grados bajo cero, y el viento azota el mástil principal del monumento Héroes de Malvinas. En la calle comienza a sonar la sirena, mientras una pareja de jubilados se abrazan. Es imposible moverse por el boulevard, que lleva el mismo nombre que el monumento, y que hasta hace 1 hora se encontraba liberado.
Policías e integrantes de Defensa Civil sostienen una soga para separar al público y dejar un carril libre por la calle, donde pasarán las diferentes fuerzas de seguridad, del ejército, de instituciones sociales y políticas con su bandera. Una única bandera: la de Argentina. Uno grita ‘viva la patria’. Otro grupo grande le responde “Viva”. Un poco como grito de justicia, otro poco buscando calefaccionarse en el aliento. De esta manera queda iniciada una nueva vigilia por Malvinas. Una tradición que acoge el adn riograndense, pero que late en toda la República Argentina.
Desde el año 1995 que se realiza de manera ininterrumpida, pero solamente en el año 2004 recibió la visita de un presidente de la Nación: Néstor Kirchner. La ciudad es la más cercana en línea recta hacia las Islas Malvinas. Tan solo 592 km las hermanan al continente. Por tamaña condición es que en el año 2013, por la ley 26846, fue declarada como la capital nacional de la vigilia. La del 2026 tiene la particularidad que será el último año en el que se monte la carpa móvil ya que se está construyendo el Edificio de la Dignidad, que alojará desde el 2027 en adelante, a las vigilias malvineras.

Los ex combatientes comenzaron con un tacho donde prendían madera de lenga, y sin darse cuenta, empezaron a gestar una patriada histórica. Alrededor de ese tacho se fueron encontrando para contar anécdotas e intercambiar risas. Con el paso del tiempo, los dos centros de excombatientes de Río Grande se unificaron bajo el nombre de Centro de Veteranos de Guerra Malvinas Argentinas.
Año a año se irían sumando las instituciones civiles de la Ciudad, como los Scouts, que cocinan en dos ollas de 100 litros, sopa para todos los malvineros. Con el tiempo se irían sumando otros veteranos de diferentes partes del país y llegaría la construcción del Monumento: Una estructura que contiene 16 mástiles con banderas celeste y blanca. Cada una representa a los caídos de Río Grande que participaron en la gesta de Malvinas, e incluye un reconocimiento a las Islas; Gendarmería; el Ejército y a los caídos en combate.
La Misa de cada día
«Éramos no más de 10, con un tacho de fuego y nada más. Por eso hoy en día mantenemos el tacho como algo simbólico» dice Rober Gainza, jujeño que formó parte del destructor Ara Bouchard (D-26), unidad de combate en el Atlántico Sur que participó de la Operación Rosario del 2 de abril de 1982 y en el rescate a los náufragos del Ara General Belgrano. «Acá siempre fuimos reconocidos, el pueblo siempre fue muy solidario con nosotros» continúa Rober, que vive hace 40 años en Río Grande.
Esta Ciudad acuña la solidaridad como motor de acción, en un punto geográfico que hace crujir el corazón como si caminaras por las playas de las Islas. Las playas riograndenses, con su pastizal amarillo y las olas que rompen en la arena gélida convierte las fotos y videos que vimos alguna vez en sensaciones físicas y emociones profundas.
Con ese paisaje de mosaico, la gente va llegando, bajando por el centro. La luna asoma y forma una estela que ilumina el mástil central del Monumento. Justo en frente, una Misa recibe la procesión en la carpa de los Veteranos. Hay saludos y abrazos de los vecinos que se encuentran para rendir el homenaje. Se conocen, comparten el sentimiento. El viento también empuja a los visitantes lejanos a la carpa.
Dionisio Andrés Prado, diácono permanente de la parroquia Virgen del Carmen recuerda las primeras vigilias: «El 2 de abril yo estaba prestando servicios en la comisaría de acá de Río Grande. Aparte soy fueguino nativo, Malvinas es un sentimiento desde que nací. Mis padres y abuelos ya me hablaban». Coincide en que las primeras vigilias eran pocos, hasta que se fueron acercando los jóvenes, entre ellos un hijo de Dionisio, «la cosa se va transmitiendo de generación en generación».
Dioniso nos dice que el pueblo se comportó con fervor patriótico, un poco empujado por las condiciones que imponía el conflicto: «Había que preparar los servicios para una situación de guerra. Aparte de la prevención normal y el cuidado de la ciudadanía, había otra premisa que responder a los mandos militares».
La misa es un clásico de la vigilia, «nosotros venimos a rezar por el alma de los muertos, por la recuperación de la gente que tuvo problemas corporales y físicos. Siempre está la fe para tratar de sanar esos momentos muy graves que fue el combate. La fe va en aumento, la fe los mantiene vivos y con esperanza. Ese dios que es el dios de todos, de amigos y de enemigos». Fue presidida por el padre Iván Frasa. La contención espiritual en Río Grande se cohesiona con la identidad malvinera, en una acción comunitaria que dignifica la historia y la vuelve presente.
Tierra que enamora
“¿Qué estamos dispuestos nosotros a dar por nuestra patria?, los combatientes dieron su vida”, pregunta el párroco antes de dar la comunión a los fieles, en la misa previa al acto oficial. El viento mueve a la gran carpa con una velocidad de 50km/h. Es el mismo que viaja a Malvinas y hace llegar a las islas el canto de los miles de argentinos que entonan Aurora antes del izamiento de la gran bandera nacional.
Sentado al lado de su esposa, Francisco Solano Gauna se saluda con sus compañeros combatientes. Son un grupo de cuatro. Él es el único que no nació en Río Grande, pero el destino lo trajo a esta tierra. No solo para guerrear contra los británicos como integrante de la Compañía de Ingenieros 3 de Monte Caseros, Corrientes, sino para realizar su vida.

Oriundo de Goya, a 3512 kilómetros de Río Grande, el veterano se reconoce también como riograndense, pero el cantito litoraleño en su tonada delata su origen. “Cuando vine a la guerra me gustó mucho el sur, y también la oportunidad de tener trabajo, que allá no había”, narra. Actualmente la ciudad cuenta con más de 100 mil habitantes. Pero cuando Solano vino a radicarse a estas tierras australes eran sólo 18 mil. “Ahora es una ciudad”,comenta.
“En esta Vigilia deseo que los chicos argentinos se interioricen cada vez más sobre Malvinas. Recuperarlas sería algo muy bueno para la Argentina. Capaz nosotros no lo veamos, pero ellos sí. Uno dice ‘las islas’, pero las islas son casi tan grandes como esta isla grande también. Ojalá algún día las podamos recuperar”, señala, mientras sonríe tímidamente sin abrir la boca, como guardando de nuevo para su interior el deseo que acaba de compartir.
El correntino fueguino no es el único. Son muchos los combatientes que después de conocer a las Islas, decidieron luego radicarse en la provincia que las custodia. Se vinieron de lejos, pero decidieron quedarse cerca, reafirmando su compromiso en ser custodios de una tierra en conflicto, pero a la que le desea paz y soberanía.
Jorge Larrainé saluda a todo el mundo, se mueve en ziczac, de aquí para allá. Sonríe mientras apoya sus guantes en las espaldas de otros combatientes. “Nunca pensé que después de la guerra, encontraría aquí el abrazo genuino y acogedor de los riograndenses”, señala. Es oriundo de Olavarría, Buenos Aires, pero se reconoce “medio fueguino” y “orgulloso de vivir aquí”.
El Conflicto del Atlántico Sur lo sorprendió haciendo carrera para suboficial en Punta Alta, donde también oficiaba como cocinero en el portaaviones ARA 25 de Mayo, el último que tuvo la Armada. Construido en el Reino Unido, vendido posteriormente a Países Bajos y a la Argentina, fue clave para las operaciones, siendo luego relegado tras el peligro de los submarinos nucleares británicos.
Rosario para malvinizar
“Estoy acá porque se que mi hijo va a aparecer por este lado” dijo una vecina de Río Grande que está parada frente a la Carpa de la Dignidad, pegada al cordón de seguridad que delimita un corredor por donde pasarían los integrantes de la Batallón de Infantería de Marina Nº5 Escuela (BIM5). Con teléfono en mano, listo para grabar, las mujeres de alrededor le gritan: “¡ay! la mamá orgullosa”.
Un gomón llega a las frías costas de la playa. Bajan los veteranos y encienden sus bengalas. Los humos inundan la orilla del Mar Argentino, como lo hicieron hace 44 años cuando integrantes del BIM5 de Infantería avanzaron sobre la casa del Gobernador, en Malvinas. Hoy en la vigilia, vuelven a transmitir las sensaciones y emociones de la Operación Virgen del Rosario.
Allí comienzan avanzar en silencio, sincronizados, vistiendo el uniforme de combate, recreando la tarea realizada por el Comando de Anfibio y Buzos Tácticos. En los parlantes, una oradora narra al público los hechos de esa medianoche del 2 de abril de 1982, por momentos intercalado con grabaciones de la época, con quienes estuvieron a cargo del despliegue militar.
Mientras los adolescentes levantan sus celulares y gritan por los disparos de salvia, el cuerpo del ejército avanza sobre lo que escenifica la casa del gobernador invasor, Rex Hunt. Allí se mostró uno de los primeros combates de la guerra, que dejó como resultado el primer muerto del conflicto: Pedro Edgardo Giachino, jefe de la patrulla que realizó el desembarco. A pesar de ello, el Operativo fue concluido con éxito, y los ingleses fueron capturados.
Si no lo hacemos ahora, lo perdemos
Con un frío que hiela el cuerpo, el veterano Bernardo Ferreyro repasa a un costado del escenario principal, el documento que elaboraron los diferentes centros de veteranos del país. Se frota las manos y da un paso adelante, a un atril que lleva la voz de los miles de veteranos a lo largo y ancho del país.
Nacido en Río Grande, combatió a bordo del portaaviones Ara 25 de Mayo, embarcación clave durante el conflicto del Atlántico. Al volver de las Islas, se puso al hombro, en conjunto con muchos veteranos, la tarea de seguir reclamando por la soberanía.
Por eso entiende el punto estratégico que es Tierra del Fuego, en el mapa de la Argentina Bicontinental: “No nos tenemos que olvidar que el oro del mundo no es el oro, sino que es el agua. La Antártida tiene la mayor reserva de agua del mundo, así que todos los países están tratando de poder dominarla. No olvidemos que ahora, en 2048, se renueva el tratado antártico. Inglaterra, al tener el dominio de las Islas usurpadas, tiene por proyección el dominio sobre toda la Antártida”, reclamó.
Para eso, aseguró que la tarea que se dan los veteranos “es tan importante la labor que estamos haciendo de malvinizar y de preparar las futuras generaciones, como el puesto de combate que cubrimos en los 72 días de combate. Las futuras generaciones van a ser las que consigan recuperar nuestras queridas Islas”.
Al igual que en su discurso, Ferreyro fue muy crítico de las diferentes gestiones: “Todos los que nos han gobernado, desde que volvió la democracia, no han sido criados en Sudáfrica, en Europa o en otro lugar, han sido criados con la idiosincrasia de los argentinos, así que tenemos que cambiar la mentalidad como argentinos. Hay que preparar a la gente que nos va a gobernar: los que gobernaron hasta ahora se han equivocado. Si seguimos en la misma, de tener decisiones mezquinas o con intereses, no vamos a salir nunca del pozo”.
Para cerrar, le dejó una consigna a todo el pueblo argentino: “Tienen que conocer la tierra en la que viven. Tiene que saber que la Isla grande de Tierra del Fuego es el centro del país. Queremos que el país entienda que tenemos que amar nuestra tierra, porque es maravillosa. Si nosotros dejamos que potencias extranjeras vengan y ocupen nuestro territorio, lamentablemente el final no va a ser bueno para los argentinos”.
Ni el frío; ni el viento; ni el olvido pueden contra un sentimiento que late desde el corazón de la Isla Grande: A 592 km de las Islas Malvinas, no quedan dudas que las vamos a recuperar.










