Nueva Mitología de Tomás Watkins: el efecto halo

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Con el sello de El Suri Porfiado, se publicó en 2025 el libro de poemas Nueva mitología, de Tomás Watkins. A pocos días de que saliera de imprenta, su autor lo presentó en la Feria del Libro de Neuquén capital, junto a la doctora Rayén Daiana Pozzi –que prologa el volumen– y la poeta Verónica Padín. Es el octavo libro publicado por el poeta neuquino, uno de los integrantes del grupo Celebriedades, de reconocida actividad a principios de este siglo, y referente del Centro Editor, la editorial del Consejo Provincial de Educación del Neuquén. Se trata de la reedición de otro libro (titulado Mitología) que fue premiado por la Universidad Nacional del Comahue en 2004 y luego editado en 2012 por la editorial Educo de la misma casa de estudios.

            En la edición de este año, el libro pasa a tener más de cien poemas, el doble que en la primera edición. En su mayoría son breves, de versos también cortos, lacónicos. Evitan con bastante éxito el efectismo, así que en general consiguen ser irrelevantes y no corren el riesgo de despertar ninguna emoción. Aunque a veces llegan a resultar risibles, o hasta desagradables. Es probable que este (que ya se incluía en la primera edición) no sea el más malo de todos:

Patagonia

Agua aire vida

Darwin huyó despavorido

de esta tierra

maldita.

            La mayoría de los poemas llevan nombres de autores o personajes de lo que comunmente se llama «literatura universal». Se inicia con uno dedicado a Enkiddu, personaje de la saga de Gilgamesh, sigue con algunos de la mitología griega y enseguida empieza a mechar nombres de muy diversa procedencia: de la escritora salvadoreña Prudencia Ayala a Montaigne, de Pitágoras a Nezahualcóyotl, y así siguiendo. El problema principal es que lo que dicen los poemas acerca de todos estos autores y personajes (o lugares, como en el poema que nos ocupa y otro más) suele carecer de interés.

            Veamos el poema que citamos y nos proponemos analizar. Para empezar: “Agua aire vida” son palabras demasiado comunes y designan algo demasiado general como para que puedan caracterizar significativamente a la región, o como para que puedan conmover en algún sentido. ¿En qué región del planeta tierra no hay agua, aire y vida?

            En la siguiente estrofa, aparece la mención del célebre naturalista inglés, de quien se asegura que “huyó despavorido”: una frase hecha, y muy trillada, que en otro tipo de texto podría pasarse por alto, pero no en este poema tan breve. ¿Por qué decirlo así? ¿Por falta de imaginación para decirlo de una manera más interesante?

            Por último, esa maldita palabra que es enfatizada por el espacio en blanco que la coloca en otra estrofa y la separa del sustantivo que califica, para dejar todo en un terreno vagamente sugestivo. En lo escrito por Darwin se fundamentó, en efecto, una de las imágenes más difundidas sobre la Patagonia durante mucho tiempo: la de un territorio tan vasto como estéril.

            No es una muestra de originalidad rescatar de la montaña de cosas escritas sobre la región ese pasaje tan conocido: “Sobre esta tierra pesa la maldición de la esterilidad”, afirmó el naturalista en el diario que escribió cuando viajaba por esta región (publicado por primera vez en 1839 y conocido con el título de Viaje del Beagle). Aunque citamos la sobria traducción de Juan Mateos, en inglés la frase suena menos enfática: “The curse of sterility is on the land”. Darwin la anotó en la entrada del 22 de abril de 1834, cuando contaba cómo habían remontado el correntoso río Santa Cruz. Antes  estéril (“sterile”, en inglés) fue la palabra que más usó para describir el territorio por donde iba de a caballo, guiado por algunos gauchos. Sobre el final de su libro, en otro pasaje muy famoso, pero que no forma parte del diario sino de una recapitulación escrita mucho después de su viaje, Darwin evoca su paso por esta región con otra actitud.

            Hacemos este breve repaso no solo para ofrecer información que acaso el improbable lector desconozca, sino para –al contrastarlo con el texto al que alude– demostrar el ánimo mistificador de esa “maldición” que Watkins arroja en su poema, que no solo carece de  una elemental lectura del hermoso libro de Darwin, también de imaginación. (Si el Darwin al que se refiere es el personaje de la obra teatral La isla del fin del mundo de Alejandro Finzi,  no cambia en nada los defectos del poema).

            No importaría tampoco que la expresión «huyó despavorido» no describa adecuadamente las condiciones en que Darwin se fue de esta región. Bien podía Watkins desconocer si Darwin tuvo que huir con toda la rapidez que pudo o se fue manso y tranquilo (o basarse en lo que pasa en La isla… de Finzi). Pero seguramente había maneras más interesantes de decirlo. Cualquiera se da cuenta. Sobre todo Watkins tendría que haberlo notado, ya que escribió alguna vez poemas no tan malos.

  Estamos ante otra muestra del viejo y conocido “efecto halo”: se mencionan nombres consagrados con la intención de que algo de su prestigio se traspase al autor, cuando lo que importa verdaderamente no es ese prestigio, porque no es más que una construcción ideológica con objetivos políticos de una clase, que conviene cuestionar confrontándolo con el revés de su trama. 

            En cuanto al aluvión de nombres que encontramos en el libro: mencionar, citar u homenajear a tantos autores de épocas y estéticas tan diversas puede considerarse un alarde de erudición, pero también una muestra de falta de criterio. La misma falta de criterio que encontramos en el prólogo de Pozzi, cuando define al libro como  «un sacro panteón literario», «un mosaico», «una constelación», «una heteróclita biblioteca». Todas esas definiciones pueden ser válidas, es cierto, pero una lectura crítica debería mostrar qué consecuencias tiene cada cual, o decidirse por una, mostrar por qué el texto la habilita y por lo menos sugerir las lecturas que se vuelven posibles al tomar esa decisión. Porque habría que ver, por ejemplo, si la concepción trascendentalista de la literatura que supondría el término de panteón es compatible con el concepto benjaminiano de constelación.  No obstante, el texto de Pozzi tiene el mérito de brindar algo de información sobre Watkins y el grupo Celebriedades.

            Todo esto no es lo más grave, sin embargo. Porque, aunque a Pozzi y a (como a Alejandra Minelli y Graciela Fanese, autoras de una breve presentación del libro y Alejandro Finzi autor del prólogo a la primera edición) les parezca bien ese name dropping y los poemas que lo acompañan, no arriesgan una hipótesis acerca de qué significa y qué importancia puede tener. Antes de afirmar algo sobre un libro, habría que tener claro cómo y por qué consigue –o no– lo que se propone, y cómo hay que valorar que lo haya conseguido (o no) y no dar por hecho que así lo hace.

            De acuerdo con nuestra manera de leerlo, Nueva Mitología no logra ser más que una acumulación de nombres a propósito de los cuales se dice muy poco. Y no porque los poemas sean breves, sino porque –como mostramos en nuestro análisis– ni ofrecen buena poesía, ni se sustentan en una lectura original de los autores u obras con los que pretenden relacionarse.

            Estamos ante otra muestra del viejo y conocido “efecto halo”: se mencionan nombres consagrados con la intención de que algo de su prestigio se traspase al autor, cuando lo que importa verdaderamente no es ese prestigio, porque no es más que una construcción ideológica con objetivos políticos de una clase, que conviene cuestionar confrontándolo con el revés de su trama. O dicho en otros términos, si se prefiere: lo que importa es crear nuevas maneras de leer, encontrar nuevas incitaciones para la inteligencia, reconocer aspectos acaso desatendidos del arte narrativo o del lenguaje en general; y hacerlo con cualquier texto: pueden ser Las mil y una noches o las inscripciones de carros, la Divina Comedia o los versos de Carriego… hasta puede ser cualquiera de los mencionados en esta Nueva mitología, porque no importa tanto el prestigio del texto, sino el valor que asume ante la originalidad o la eficacia de su lectura.

            No obstante, es probable que no le falte un mérito fundamental a este libro. Entre los nombres que invoca están los de Irma Cuña, Macky Corvalán, Raúl Mansilla y otros poetas de la región, lo que permitiría suponer que hay en Watkins la aspiración de “integrar” –por decirlo de alguna manera– la “literatura patagónica” a las grandes tradiciones de la literatura “universal”. Se trata, claro está, de una aspiración frustrada, porque no es con poemas tan flojos como los de este libro que se puede llevar a cabo una operación como esa, si es que a esta altura tiene alguna importancia o es factible.

Esta nota fue escrita por Mauro Moschini. Es escritor. Obtuvo el título de Licenciado en Letras en la UBA. Publicó libros de cuentos, ensayos y poemas. Trabajó como docente en escuelas secundarias y coordinó algunos talleres literarios. Colabora con notas en distintas revistas web. 

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