Este jueves 8 de octubre, la poeta canadiense Anne Carson recibió el Premio Nobel de Literatura 2026. La noticia devuelve actualidad a unos documentos de 1992 que permiten reconstruir una historia casi olvidada: el impulso del Colegio de Abogados de La Plata para promover la postulación de Matilde Kirilovsky de Creimer —Matilde Alba Swann— ante la Sociedad Argentina de Escritores. Poeta, periodista y abogada, dedicó décadas a defender a niños encerrados, personas internadas y quienes carecían de recursos.
Por Julián Axat
Cada octubre, cuando la Academia Sueca anuncia el Premio Nobel de Literatura, un nombre entra en la historia universal de las letras. Este jueves fue el de Anne Carson, poeta, ensayista y traductora canadiense, reconocida por su obra audaz e inventiva y por haber creado nuevas formas para la literatura contemporánea en diálogo con la tradición clásica. La noticia invita a recordar también la otra historia de los Nobel: la de quienes fueron propuestos, promovidos o imaginados cerca de Estocolmo y luego quedaron al margen de la memoria literaria. En La Plata, esa historia tiene el nombre de Matilde Alba Swann (1912-2000).
En 1992, cuando el Nobel fue concedido al poeta antillano Derek Walcott, abogados y escritores platenses impulsaban el nombre de Matilde. Treinta y cuatro años después, todavía falta abrir una caja en Estocolmo para saber hasta dónde llegó aquella gestión. Las nominaciones y deliberaciones permanecen bajo secreto durante cincuenta años.

La candidata de La Plata
El proceso formal del Nobel no se hace en junio. La Academia Sueca envía en septiembre las invitaciones para nominar y fija el 31 de enero como fecha límite para recibir candidaturas del año en curso. Ese dato vuelve más intrigantes los papeles platenses que tomaron estado público entre junio y julio de 1992: por sí solos no prueban una nominación válida para el premio que se falló en octubre. Pero la carta de Basla y Bochatón decía otra cosa decisiva: venían a “reiterar un pedido formulado hace aproximadamente dos años”. La aventura, entonces, había empezado alrededor de 1990. En 1992, a más de doce mil kilómetros de Estocolmo, un grupo de abogados y escritores volvió a intentar algo bastante improbable: que el Nobel fuera para una mujer de su ciudad, Matilde Kirilovsky de Creimer en los expedientes judiciales y Matilde Alba Swann cuando escribía poemas.
Casualmente o no, por estos días esta historia vuelve a aparecer. La reconocida profesora alemana Susanne Zepp-Zwirner, profesora de Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Duisburg-Essen —y anteriormente docente en la Universidad Libre de Berlín—, estaba preparando un curso sobre los Nobel hispánicos cuando se encontró con la historia de Matilde. Zepp se puso a investigar el caso y terminó viajando a La Plata para trabajar con el archivo familiar de la poeta. La propia Universidad de Duisburg-Essen la presenta hoy como una autora nominada al Nobel de Literatura en 1992, una afirmación que suma un indicio importante pero que, por el secreto de cincuenta años de la Academia Sueca, todavía no puede cotejarse con el expediente interno de Estocolmo.
¿Qué encontró Zepp? Es la pregunta que muchos nos hacemos, aunque no correspondería recargar las expectativas. La documentación que existe da cuenta de que la presentación ante el Colegio fue dirigida al entonces presidente del Colegio de Abogados de La Plata, Juan Carlos Simoncelli. La firmaron los abogados Enrique Pedro Basla y Atilio Ramón Bochatón. Los dos letrados señalaron que venían a “reiterar un pedido formulado hace aproximadamente dos años” para que el Colegio promoviera la postulación de la doctora Matilde Kirilovsky de Creimer al Premio Nobel de Literatura.
Por lo tanto, los documentos de 1992 no son necesariamente el punto de partida, sino una nueva etapa de una gestión anterior. Y dejan planteada la pregunta central de esta historia: ¿hubo una presentación válida antes del cierre anual o la campaña de junio y julio buscaba renovar la candidatura para un año posterior?
Los abogados habían hecho los deberes. Junto con la propuesta acompañaron material sobre el funcionamiento de la Fundación Nobel y las reglas para presentar candidatos. Sabían que el Colegio de Abogados no tenía por sí mismo la potestad de postular formalmente a una escritora ante la Academia Sueca. Por eso pensaban el respaldo del Colegio como el primer movimiento de una cadena institucional que debía desembocar en una entidad de escritores habilitada para hacerlo.
Del Colegio de Abogados a la SADE
El 25 de junio de 1992, la Comisión de Cultura del Colegio de Abogados de La Plata tomó formalmente el asunto. La presidía por entonces la letrada Silvia Cristina Díaz. De las actas de la institución surge que el dictamen reconoció precisamente aquel obstáculo: el Colegio podía respaldar la propuesta, pero no era la institución literaria que debía concretar la nominación según las reglas del Nobel.
La solución fue elevarla hacia la Sociedad Argentina de Escritores. Eso coincide exactamente con las normas históricas de Estocolmo. Desde la reforma de 1949 podían nominar al Nobel de Literatura, entre otros, los presidentes de organizaciones de escritores representativas de la actividad literaria de sus respectivos países.
Los diarios argentinos siguieron el trámite casi en tiempo real. El Día, en un recorte fechado el 30 de junio de 1992, tituló: “Proponen a la Dra. Creimer para el Nobel de Literatura”. Otro recorte, del jueves 2 de julio, tituló: “Proponen a abogada local para el Premio Nobel de Literatura”. La fotografía de Matilde ocupaba una parte importante de la página. Y la bajada explicaba algo que constituye, quizás, el corazón de esta historia: se promovía a una poeta “destacada por su preocupación por la justicia y los derechos humanos”.
En 1992, el presidente de la SADE nacional era Gilberto Molina, que ejerció entre 1992 y 1995. La documentación argentina permite reconstruir con bastante seguridad el recorrido desde los promotores hacia el Colegio y desde éste hacia la organización de escritores. El abogado Basla recuerda hoy, que la gestión continuó por la SADE y que se siguieron las formalidades para llegar a Suecia.
Claro que existe una puerta que todavía no se pudo abrir. La Fundación Nobel mantiene bajo secreto durante cincuenta años las nominaciones, los informes y las opiniones sobre los candidatos. Por eso el archivo sueco de 1992 aún no permite comprobar quién presentó formalmente el nombre de Matilde, en qué fecha ni qué tratamiento recibió. El dato de los plazos vuelve el enigma más preciso: la campaña platense que conocemos tomó estado público después del cierre anual, mientras la carta de Basla y Bochatón remite a una gestión iniciada unos dos años antes. La Universidad de Duisburg-Essen, tras el trabajo de Zepp-Zwirner con el archivo familiar, afirma que Matilde fue nominada en 1992. La respuesta definitiva, sin embargo, sigue guardada en Estocolmo.
¿Por qué pensaron en Matilde?
La candidatura podría parecer, vista desde Buenos Aires o desde hoy, una desmesura provinciana. Pero hay que regresar a aquellos años. Matilde Alba Swann había construido una obra poética de décadas. Había publicado “Canción y grito” (1955), “Salmo al retorno” (1956), “Madera para mi mañana” (1957), “Tránsito del infinito adentro” (1959), “Coral y remolino” (1960), “Grillo y cuna” (1971), “Con un hijo bajo el brazo” (1978) y “Crónica de mí misma” (1980). Su poesía había recibido elogios de escritores y críticos. Jorge Luis Borges le envió una carta celebrando especialmente dos poemas de Salmo al retorno.
Años después, Matilde consiguió llevar al propio Borges a dar una conferencia en el Colegio de Escribanos de La Plata.

Borges ataca los triples de miga mientras Matilde le habla,
Colegio de Escribanos, La Plata 1982 (foto familiar)
Ernesto Sábato también había elogiado sus poemas y Raquel Sajón de Cuello dedicó años a estudiar su universo poético. Horacio Castillo definió su escritura como una poesía atravesada por una actitud ética, la que vinculaba con Almafuerte.
En 1990, Matilde recibió el Gran Premio Consagratorio Almafuerte de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires. Los papeles conservados muestran que el reconocimiento no valoraba únicamente sus poemas: destacaba también su acción cultural, su actividad periodística y su compromiso con los sectores más vulnerables. La distinción abrió además el camino a una pensión vitalicia para escritores bonaerenses reconocidos con ese premio.
Finalmente, en 1991 recibió el Premio internacional Santa Clara de Asís. Ese mismo período parece haber terminado de convencer a quienes llevaban un par de años pensando en Estocolmo.
Enrique Basla lo recuerda de una manera sencilla: “la Academia premiaba poetas procedentes de geografías literarias muchas veces poco conocidas, Matilde tenía una obra importante, acababa de acumular reconocimientos y nosotros no veíamos por qué una escritora argentina como ella no podía intentarlo. Tranquilamente el país podía postularla al Nobel”, resume hoy el abogado.
“Baslita, hay pibes muertos de frío”
Pero el expediente del Nobel tiene otra peculiaridad. Quienes impulsaron la candidatura en aquella época no quisieron presentar a Matilde como una escritora encerrada en una biblioteca. En todo caso presentaron a la abogada y poeta comprometida con los más vulnerables.
Enrique Basla la conoció profundamente cuando llegó a la conducción del Colegio de Abogados en 1980. Matilde trabajaba allí en cuestiones de familia y minoridad y terminó organizando alrededor del consultorio jurídico gratuito una suerte de defensoría informal para personas sin recursos. La entrevista que me concedió Basla conserva una imagen concreta: gente haciendo cola todos los días para que Matilde la atendiera. A él lo llamaba “Baslita”. Era más joven que sus hijos, pero aún así se trataban como pares. Y hasta podía telefonearlo de madrugada. Una de aquellas llamadas quedó en su memoria:
—Baslita, hay un montón de pibes muertos de frío en el Instituto Almafuerte. Tenemos que hacer algo con eso.
Lo de Matilde no era una pose. Décadas antes, había asumido gratuitamente la defensa de Remberta Nievas, la mujer que en 1947 mató a su marido después de años de violencia y del intento del hombre de prostituir a una de sus hijas1. En 1948 logró su absolución en uno de los juicios más resonantes de aquella época.
En 1972 promovió una acción judicial por las condiciones infrahumanas del Hospital Neuropsiquiátrico de Melchor Romero2. Un juez recorrió con ella los pabellones y comprobó hacinamiento, falta de camas, alimentación deficiente y condiciones indignas. El litigio provocó una reacción del gobierno provincial de facto y dejó, además, rastros en los archivos de inteligencia policial. En el campo de la infancia peleó contra encierros arbitrarios y condiciones degradantes de los institutos. Llegó a utilizar lo que llamaba, con una mezcla muy suya de irreverencia y técnica jurídica, “hábeas corpus telefónicos”: llamar a un juez en medio de la noche porque un chico estaba encerrado donde no debía estarlo.
La poeta y la abogada eran difíciles de separar (https://www.elcohetealaluna.com/la-chica-de-los-habeas-corpus-telefonicos/). Ella misma había intentado explicarlo: “Los abogados solemos ser poetas”. En La poesía del derecho contó que había llegado a incorporar versos completos dentro de escritos judiciales y que su poesía había terminado sirviendo a la defensa de la niñez “no en menor medida” que la ley, la doctrina o la jurisprudencia. Ese texto siguió circulando después de su muerte. En 2005, la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata comenzó a entregarlo a sus nuevos graduados junto con el diploma.
Matilde también fue periodista. Escribió durante años en El Día, participó en programas de radio y, con setenta años, viajó durante la Guerra de Malvinas como corresponsal3. Su biografía familiar la recuerda como una mujer que quería ejercer el periodismo prácticamente desde que amanecía hasta que el diario estaba en la calle.
El compromiso político y humano atravesaba también su poesía. En junio de 2000, apenas tres meses antes de su muerte, el diario El Día publicó otra de esas notas que parecen cerrar círculos. Un poema suyo dedicado a Patrice Lumumba, el líder independentista congoleño asesinado en 1961, iba a ser llevado al Congo y traducido. La nota repasaba entonces su trayectoria y volvía a recordar aquella promoción para el Nobel de 1992.
El poema a Lumumba comienza así:
Y si te matan/ —cuna es la tumba Lumumba— te crean./ Tu oscura /ceniza esclava ya empluma/ sus alas /para una altura. /Eleva, /cierne,/ fulgura, /retumba /labra/ rotura/ la niebla,/ siémbrala entera/ de libertades,/¡Lumumba!/No es Congo sólo la selva/ ni es sólo belga/ la bruma./ Perros antiguos te ladran,/cebados lobos/te aúllan,/ muerde (…)
Otras argentinas de cara a Estocolmo
La historia adquiere otra dimensión si se la mira desde las mujeres argentinas que alguna vez aparecieron alrededor del Nobel. Hay un antecedente comprobable en los propios archivos suecos: Victoria Ocampo. La base oficial del Nobel muestra que en 1974 fue nominada al Premio de Literatura por Fryda Schultz de Mantovani, presidenta del PEN Club argentino. Ese mismo año aparece una segunda propuesta a su nombre realizada por Miguel Alfredo Olivera. En este caso no hay conjeturas: las fichas suecas ya fueron desclasificadas.
Con Silvina Ocampo conviene ser más cuidadosos. Su nombre aparece recurrentemente en reconstrucciones y conversaciones acerca de escritoras argentinas que merecieron Estocolmo y en 1992 —curiosamente el mismo año de Matilde— recibió el Gran Premio de Honor de la SADE. Sin embargo, a diferencia del caso de Victoria Ocampo, no encontré documentación primaria sueca que permita afirmar una nominación formal concreta. En el caso de Matilde sí existe documentación argentina de la campaña y de su trámite institucional, pero el archivo sueco de 1992 sigue cerrado.
En los casos más recientes de Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, sus nombres aparecen en las apuestas internacionales junto al de César Aira. Las apuestas no son nominaciones: son apenas el gran juego especulativo que se organiza cada octubre alrededor de una institución empeñada en guardar sus secretos.
El desequilibrio histórico, de todos modos, existe: con el premio concedido en 2026 a Anne Carson, son 19 las mujeres distinguidas con el Nobel de Literatura.
Hay incluso otra pequeña genealogía platense, aunque pertenezca al Nobel de la Paz. Ana Mon (madre del periodista Hugo Alconada Mon) fue impulsada para ese premio a fines de los años noventa; documentos del propio Colegio de Abogados registran el apoyo institucional a aquella candidatura. Años después el Colegio volvió a promoverla.
Estela de Carlotto y Abuelas de Plaza de Mayo fueron formalmente postuladas en reiteradas oportunidades; en 2008 el Comité Nobel Noruego confirmó la recepción de aquella candidatura.
Hoy la Academia Sueca volvió a abrir aquella puerta y pronunció el nombre de una poeta: Anne Carson. Su consagración invita a mirar también hacia los nombres que no fueron pronunciados.
- https://www.infobae.com/historias/2025/06/26/una-mujer-que-mato-a-su-marido-una-abogada-pionera-y-una-sentencia-festejada-cronica-del-primer-juicio-de-violencia-de-genero/ ↩︎
- https://www.infobae.com/sociedad/2026/01/30/el-malestar-en-la-locura-la-poeta-y-abogada-que-se-atrevio-a-denunciar-las-condiciones-inhumanas-de-los-neuropsiquiatricos/ ↩︎
- https://www.0221.com.ar/begum/malvinas-la-enviada-especial-la-plata-n107124 ↩︎
















