Querido amigo:
No sé dónde estás ni cómo te llamás hoy. Ni siquiera sé si conservás el mismo apellido con el que figurabas en el expediente que un día llegó a mi escritorio. Hace tantos años de aquello que podría buscar tu legajo y, sin embargo, no quiero hacerlo. Los expedientes sirven para registrar los daños, las acusaciones, las medidas de seguridad, las fechas de ingreso y de egreso de los llamados “menores” que algún día son adultos, como sé que ya sos. Pero esos papeles casi nunca dicen quién era de verdad la persona que estaba detrás de esas hojas. Por eso prefiero buscarte de otro modo, siguiendo una imagen que nunca dejó de acompañarme: la de un chico encerrado en el Instituto de Menores Almafuerte que un día decidió pintar un cielo estrellado sobre las paredes de su celda después de leer un libro que yo había escrito.
Durante mucho tiempo pensé que esa historia era demasiado hermosa para ser cierta. Imaginé que alguien la había exagerado al contármela. Que la memoria, como hacen los buenos narradores, había ido agregando detalles con los años. Pero cada vez que volvía a recordarla comprendía que la precisión era lo menos importante. Lo verdadero era otra cosa: un muchacho privado de su libertad había decidido mirar hacia arriba cuando todo a su alrededor estaba construido para obligarlo a mirar el piso.
Cuando yo era defensor de chicos como vos pasaba buena parte de mis días atravesando portones de hierro. Recorría pasillos largos, patios de cemento, oficinas donde siempre había un reloj demasiado grande y un olor a lavandina que todavía hoy podría reconocer con los ojos cerrados. Me sentaba frente a adolescentes que cargaban historias mucho más viejas que ellos mismos. Había chicos que apenas sabían leer, otros que desconfiaban de cualquier adulto antes de escuchar la primera palabra, otros que hablaban con una lucidez que desarmaba cualquier prejuicio. Los expedientes los resumían en unas pocas categorías: robo, abandono, consumo, violencia, fuga. Yo salía de esas entrevistas con la sensación de que el derecho era incapaz de nombrar casi todo lo que realmente importaba.
aquella celda ya no era solamente una celda. Habías conseguido hacer algo extraordinario: donde todos veían un techo, vos habías encontrado un universo
Claro que trabajábamos para conseguir libertades, revisar medidas de encierro, discutir decisiones judiciales, denunciar malos tratos. Era nuestro deber y nunca dejé de creer en la importancia de hacerlo. Pero, con el paso del tiempo, entendí que una libertad firmada por un juez podía durar muy poco si antes no aparecía otra clase de libertad, una más silenciosa y difícil de conquistar: la posibilidad de imaginar un futuro distinto del que parecía escrito desde el nacimiento.
Por eso llevaba libros a los institutos. Algunos colegas pensaban que era una excentricidad. Otros me preguntaban qué sentido tenía hablar de poesía donde faltaban tantas cosas más urgentes. Yo nunca encontré una respuesta completamente racional. Sólo sabía que los libros habían abierto ventanas en mi propia vida y que tal vez podían hacer lo mismo con alguien más. No esperaba formar escritores. Tampoco soñaba con convertir a todos en lectores. Mi esperanza era mucho más amplia. Quería que alguno descubriera que podía desear otra cosa. Que quisiera ser mecánico, arquitecto, enfermero, carpintero, ingeniero, músico, profesor, científico o astronauta. Cualquier oficio elegido por él mismo y no por el barrio, por la pobreza o por el expediente que llevaba su nombre.
Fue entonces cuando apareció tu historia. Alguien me contó que habías leído “Teoría del cielo estrellado”, la historia de cómo los docentes de la facultad de Astronomía visitaban a los antiguos internados y los sacaban de las celdas para mirar el cielo en la noche. Claro que para cuando vos estabas, esas practicas ya no existían y esos docentes ya no estaban autorizados a ir, por eso supongo no te quedó otra que inventarte tu propio cielo. Que por eso pediste pinturas y comenzaste a cubrir las paredes de tu celda con estrellas, nebulosas y planetas.
También me dijeron que preguntabas por los nombres de las constelaciones y que habías empezado a decir que, cuando salieras, querías estudiar astronomía. Nunca supe si ese sueño sobrevivió. Lo que sí supe, desde ese día, fue que aquella celda ya no era solamente una celda. Habías conseguido hacer algo extraordinario: donde todos veían un techo, vos habías encontrado un universo.
Sé también que cuando te cambiaron de Instituto, el chico que ingresó en tu lugar a esa celda no le gustó mucho tu pintura y la cambió a su gusto, por eso la tapó o lo obligaron a pintar de blanco la pared de nuevo, y así cada vez que ingresó uno nuevo sucedió lo mismo y así…
Quier contarte que con los años dejé de ser defensor, pero nunca dejé de pensar en chicos como vos. A veces me preguntan por qué sigo escribiendo sobre aquellos institutos, por qué vuelvo una y otra vez a esas historias, por qué no las dejo descansar. La respuesta, creo, está en quien sos. Porque comprendí que lo más importante de aquellos años no fueron las audiencias, ni las apelaciones que ganamos, ni siquiera las libertades que conseguimos. Lo que más permanece son esos instantes casi invisibles en los que un chico descubría que podía ser otra cosa. Eran momentos brevísimos. Duraban lo que dura una conversación sobre un libro, una pregunta inesperada, una visita a una biblioteca, una charla sobre un poeta ruso o sobre los astronautas que viajaron a la Luna. Sin embargo, en esos minutos ocurría algo que el derecho por sí solo nunca consigue producir: aparecía el deseo.
Con el tiempo entendí que el deseo también es un derecho, aunque ningún código lo nombre. Porque una sociedad puede garantizar comida, escuela o asistencia, y aun así fracasar si les roba a sus pibes la posibilidad de imaginar un porvenir. Lo más cruel del encierro no son solamente los muros; es la lenta costumbre de creer que el mundo termina donde termina la vista. Por eso aquella noticia sobre vos me conmovió tanto. Mientras la institución buscaba administrar el espacio, vos habías decidido conquistar el tiempo. Mientras otros contaban los días que faltaban para salir, vos empezabas a medir distancias en años luz en una pared.
Nadie puede calcular lo que significa ese cambio de escala. Pasar de una celda de pocos metros a pensar en galaxias es una forma de libertad que ningún reglamento sabe cómo prohibir.
el deseo también es un derecho, aunque ningún código lo nombre
Muchas veces imaginé qué habrá sido de tu vida. Tal vez la astronomía quedó atrás y hoy trabajás en un taller, manejás un colectivo, cuidás a tus hijos o levantás paredes bajo el sol. Si es así, no siento ninguna decepción. Nunca quise que fueras astrónomo por el prestigio de esa profesión. Lo que deseaba era otra cosa: que el universo entrara para siempre en tu manera de mirar. Que nadie pudiera convencerte otra vez de que habías nacido para ocupar un lugar fijo. Porque quien alguna vez entendió que las estrellas también nacen, envejecen, explotan y vuelven a formar otros mundos, difícilmente acepte que el destino de un ser humano pueda escribirse a los quince años en un expediente judicial.
Te confieso algo más. En realidad, aquella historia me cambió también a mí. Yo creía que iba a los institutos para defender a chicos como vos. Con los años comprendí que ustedes también me defendían a mí. Me defendían del cinismo, de la burocracia, de esa tentación que existe en todas las profesiones de acostumbrarse al dolor ajeno hasta volverlo un trámite. Cada vez que alguno me hablaba de un libro, de una canción, de un dibujo o de un sueño improbable, recordaba por qué había elegido ese trabajo. Me recordaban que detrás de cada causa había una vida que todavía estaba escribiéndose.
No sé si esta carta va a encontrarte alguna vez. Quizá quede dando vueltas como esas señales que los astrónomos envían al espacio sin saber si alguien las recibirá. Pero me gusta pensar que, si un día llega hasta vos, vas a reconocer que no te escribo para averiguar si cumpliste una promesa de adolescente. Te escribo para darte las gracias. Porque sin saberlo me enseñaste que defender también era abrir un mundo. Que a veces un libro no cambia una vida de inmediato, pero puede cambiar la dirección de una mirada. Y cuando cambia una mirada, cambia algo mucho más profundo que un expediente o una sentencia. Cambia la idea que una persona tiene de sí misma.
Si alguna noche volvés a levantar la cabeza para buscar una estrella, acordate de esto: yo sigo creyendo, como creía entonces, que ningún chico nace para una celda. Nace para elegir su propio cielo. Algunos lo encontrarán en un laboratorio, otros en una obra en construcción, otros en un aula, en una novela, en un telescopio o en la cabina de una nave espacial. Lo importante nunca fue el nombre del oficio. Lo importante era, y sigue siendo, que el sueño les pertenezca. Ese fue el verdadero sentido de mi trabajo y también el de mis libros.
Si alguna vez logré transmitirte aunque fuera una parte de esa convicción, entonces aquella pared pintada de estrellas habrá iluminado mucho más que una celda: habrá iluminado también mi propia vida.
Con un abrazo, dondequiera que estés,
Julián Axat
Esta nota fue escrita por el abogado y poeta argentino Julián Axat.












