Hace tiempo no entraba a una biblioteca. Quizás porque hoy cabe toda la colección de Alejandría en el celular. Y tal vez por eso noto que algo cambió. Al parecer, el silencio, el código universal de la lectura, ya no es la norma suprema. Sin embargo, aún conservan una estoica templanza. El aire permanece mudo y el tiempo se mantiene distinto, como inmune al de la vertiginosa vida del exterior.
Cada 23 de septiembre se celebra en Argentina el Día de las Bibliotecas Populares. La fecha conmemora la promulgación de la Ley N.º 419 en el año 1870, impulsada por el entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento y su ministro de Instrucción, Nicolás Avellaneda.
Estos espacios trascienden el préstamo de libros para consolidarse como centros sociales clave que brindan talleres de oficios, apoyo escolar, acceso gratuito a internet para trámites y computación, y espacios de salud comunitaria.
Biblioteca popular Casa de Amigxs: descubrirlas “fue una luz”
El traqueteo nervioso del tren deja una estela de polvo orbitando sobre los libros. El piso de pinotea delata cada paso de las y los visitantes. Arriba de una estantería, un globo terráqueo amarillento descansa, olvidado e imposible, en tiempos del indómito internet. Me pregunto cuándo habrá sido la última vez que fue útil, que algún curioso lo hizo girar para revelar su redonda geografía. En la pared del vestíbulo, donde están los juguetes y los libros para infancias, un collage de papel nos dice dónde estamos: “Biblioteca Popular Casa de Amigxs”.
Cuando tenía 12 o 13 años, Marta vivía en Jacobacci y empezó a ir a una biblioteca. En su casa no había libros y muchos de los integrantes de la familia no sabían leer. “Fue una luz”, dice sobre ese revelador descubrimiento. Por aquellas épocas comenzaron sus romances literarios con Vargas Llosa y Macarcia Márquez. Esta experiencia marcó su vida para siempre: “Llegar a un espacio donde tener una mesa confortable y los libros que yo necesitaba para poder estudiar”. Marta entendió la importancia que tienen estos espacios para la comunidad y decidió contribuir a que las bibliotecas populares arribaran al corazón de los barrios.

Cuando llegó a Fiske Menuco, continuó en el mundo de las bibliotecas. Integró varios proyectos comunitarios. Entre ellos, formó parte de la creación de una red de Bibliotecas Populares Rurales, impulsando espacios en distintos barrios y localidades, como Gómez, Chacramonte, La Rivera, Mosconi y Alta Barda. Su objetivo siempre fue plantar la semilla y luego dejar que los propios vecinos rieguen el árbol y velen por él.
La biblioteca popular Casa de Amigxs estuvo cerrada unos seis años debido a la falta de bibliotecarios, bibliotecarias y personal para atenderla. Hasta que apareció Marta. Ya jubilada, pasaba diariamente frente al espacio cerrado. Según dice, sentía que el lugar la estaba “llamando”. Hasta que un día, junto a su hija Patricia, se acercaron a las y los vecinos para recuperarlo. Tras un largo proceso de lucha y resistencia, lograron acceder al edificio, limpiarlo y volver a abrirlo. En 2025, formaron una comisión directiva integrada por vecinos del barrio.

Actualmente, la biblioteca funciona como un espacio comunitario donde se realizan talleres, ferias, actividades educativas y encuentros relacionados con la memoria y los derechos humanos. También mantiene vínculos con universidades e instituciones educativas.
Marta asegura que la importancia de las bibliotecas radica en brindarle a la comunidad la posibilidad de acceder a información, conocimiento y literatura: “Yo siento que somos el nexo entre lo que se escribió en la historia, en la vida, lo romántico, lo hermoso, lo poético, lo histórico, lo cruel y las personas”, expresa. “Tener información nos da capacidad para elegir, distinguir y estar informado”, concluye.

Biblioteca popular Julio Argentino Roca: “Hay un libro para cada uno, un libro te está esperando”
Largas murallas de libros se extienden a lo largo del edificio. Es fácil perderse entre las más de 85 mil historias que guardan sus estantes. Máquinas de escribir jubiladas ofician de adornos sobre los anaqueles. Dos o tres estudiantes concentrados fijan su mirada sobre libros o computadoras. Algún que otro curioso elige su próxima aventura literaria.
El espacio fue fundado el 29 de abril de 1936. En sus primeros años funcionó en un local de calle España y luego tuvo que cerrar. En 1939 volvió a abrir sus puertas y adoptó el nombre que conserva hasta hoy. Se trata de la más antigua de la ciudad.
Irene comenzó a trabajar en la Biblioteca Popular Roca en 1992, tras diez años de prestar servicio en la Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Una de las cosas que más disfruta de su labor es el contacto con las infancias: “los niños son tan inocentes y tan permeables que uno puede inculcarle el amor por los libros, en forma más fácil, más rápida”.

Las bibliotecas debieron enfrentarse a un gran monstruo cibernético que produjo un cambió de paradigma: Internet. La llegada de las nuevas tecnologías y su vertiginosa expansión modificaron de raíz el trabajo de las y los bibliotecarios. Antes el eje estaba puesto en catalogar y clasificar libros, mientras que actualmente el centro de atención es el usuario y su necesidad de encontrar información confiable. Irene advierte que Internet ofrece una enorme cantidad de información, pero que no toda es verdadera ni está correctamente organizada. Sin embargo, no es pesimista frente a este nuevo paradigma y sostiene que el libro en papel y lo digital pueden convivir ya que “se llevan bien”. Por un lado, detalla que Internet facilita el trabajo del bibliotecario, “sobre todo en la búsqueda de información”. Sin embargo, “el papel no va a morir porque es algo muy cómodo para el lector”, asevera.
El público fue cambiando. En los años 90 y 2000 era común que las y los estudiantes fueran a hacer sus tareas y consultar enciclopedias, una práctica que fue disminuyendo con el paso del tiempo. “Lo que no se perdió nunca es el lector común, el lector por vocación propia, el que le encanta leer” aclara. Además, asegura que la biblioteca se concentra principalmente en la lectura recreativa, con novelas, cuentos y otros géneros.
mantiene una colección de aproximadamente 85.000 libros y continúa incorporando novedades para atraer y conservar lectores
Desde 2010 comenzaron a incorporar talleres y actividades culturales.“Vimos la necesidad que tenía la comunidad de ir capacitándose, aprender idiomas o aprender a hacer otras cosas. O sea, darle la posibilidad de que la biblioteca deje de ser solo biblioteca, y que sea como un centro cultural”. Los talleres incluyen idiomas como inglés, francés, italiano y japonés, además de talleres de costura y lencería. También se desarrollan propuestas vinculadas a la literatura, como una tertulia literaria y un taller de lectura.
En la actualidad, la biblioteca enfrenta dificultades económicas: cuenta principalmente con las cuotas de sus socios, la venta de libros donados y algunos subsidios. Aun así, gracias al esfuerzo del personal, mantiene una colección de aproximadamente 85.000 libros y continúa incorporando novedades para atraer y conservar lectores. “La realidad es que al tener una biblioteca muy grande, el gasto también es muy grande, porque el personal es poco, porque los gastos de luz y gas son muchos y no tenemos personal de limpieza y la tenemos que hacer nosotros”, afirma.
Irene sostiene que las bibliotecas populares siguen siendo fundamentales porque reúnen educación, información, recreación y cultura. Su proyecto a futuro es combinar tecnología y libros en papel, pero manteniendo como objetivo central la promoción de la lectura.
“Algunas personas todavía no saben que les gusta leer, porque hay un libro para cada uno, un libro te está esperando. Una vez que agarren su libro, a partir de ahí no paran”, finaliza.

Biblioteca popular Lucía Epuyén: “El paradigma de biblioteca silenciosa se terminó”
Las tres mujeres se disponen para la entrevista. De fondo, repisas plagadas de libros. En un rincón, una joven estudiante da un taller de escritura para adultos mayores. Integrantes de la Lucía Epullán cuelgan adornos en las paredes y ordenan las sillas para las y los invitados: es 23 de septiembre y se festeja el Día de las Bibliotecas Populares.
Por iniciativa de la Escuela 223 y la junta vecinal, se creó la biblioteca que funcionó 5 años en un pequeño local cedido en comodato. Para recaudar fondos, vecinas y vecinos pintaban, arreglaban muebles, juntaban materiales y organizaban actividades. Gracias a la donación de un terreno municipal y el aporte de vecinos, empresas e instituciones, pudieron construir el edificio actual.

Leonor, Irene y Mirta son parte de esta historia. “Somos gente mayor, muchos jubilados, pero felizmente ahora se han sumado jóvenes, que eso es lo que necesitamos, voluntarios, así que bueno, bienvenidos sean todos los que quieran venir a trabajar acá a la biblioteca”, cuenta Leonor.
El nombre Lucía Epullán fue elegido en homenaje a una maestra muy querida y reconocida del barrio, que también había colaborado con la comunidad. Con el paso del tiempo, la biblioteca dejó de ser solamente un lugar para leer y retirar libros. Incorporó talleres, espectáculos, actividades para niños, vínculos con escuelas y propuestas culturales, transformándose en un espacio de encuentro para distintos barrios.
Entre 2025 y 2026 recibió más de 7.000 visitas, demostrando que continúa teniendo una presencia importante en la comunidad
“Hoy la biblioteca es otra cosa, no es la biblioteca de antaño en la que todo era silencio, la gente venía a leer, se sentaba o se llevaba el libro. Hoy no, al contrario, hoy tenemos actividad, tenemos movimiento, tenemos bullicio, expresa Irene o «Pachi», como le dicen cariñosamente, quien fue directora de la Escuela N° 223 a inicios de la década del 2000. “El paradigma de biblioteca silenciosa, calladita… se terminó”, reflexiona.

Actualmente funciona gracias al trabajo voluntario, los subsidios y distintas actividades para recaudar fondos. La biblioteca es presentada como un espacio de identidad, cultura y encuentro comunitario, con sus puertas abiertas a quienes quieran participar. Entre 2025 y 2026 recibió más de 7.000 visitas, demostrando que continúa teniendo una presencia importante en la comunidad.
“Es una cuestión de identidad, todos los barrios merecen tener algún acceso a la cultura cercana”, concluye Irene.
En Fiske/Roca hay 13 bibliotecas populares en total que forman parte de la red comunitaria de la ciudad. Cada una de ellas representa un pilar fundamental de integración social, educación y desarrollo comunitario en los barrios.













