Un mito de contratapa
En una entrevista de principios de 1958, Rodolfo Walsh contaba que ya se había agotado la
primera edición de Operación masacre y señalaba que ni un solo diario importante había reseñado
el libro. A continuación, ironizaba: “Eso quiere decir (…) que los críticos lo leyeron con suma
atención. (…) Si realmente hubiera pasado inadvertido, alguno, por distracción, habría glosado la
solapa, que es el método habitual”.
Parece que en el siglo XXI todavía son muchos los que siguen ese método. Por ejemplo: en
un sitio web del que miles de personas descargamos libros digitalizados, directamente
transcribieron lo que afirma la contratapa de la edición de De La Flor: “Operación masacre, una de
las primeras novelas de ‘no ficción’ (…) se anticipó en nueve años al New Journalism (…)”.
Nadie espera originalidad de un sitio web como ese, pero el año pasado Leila Guerriero
(autora de algunos de los mejores textos de “no ficción” de las últimas décadas) participó de la
Residencia Literaria Finestres, que tiene lugar en la misma casa donde Truman Capote escribió A
sangre fría. Guerriero intentó –sin mucho éxito– encontrar más rastros que los ya conocidos de la
estadía de Capote en ese lugar y contó esta infructuosa búsqueda en La dificultad del fantasma, un
libro que seguramente no se contará entre los mejores de su producción. Allí, también Guerriero
glosa esa contratapa al referirse muy brevemente a Rodolfo Walsh.
Estos son solo algunos ejemplos de cómo el mito de esa supuesta anticipación de Walsh se
va consolidando. En esta nota queremos revisar si tiene algo de cierto.
El primer punto a despejar es que, al plantear que Operación masacre “se anticipó en nueve
años al New Journalism”, se da por sentado que esa corriente nació con A sangre fría, que se
publicó en 1966 (nueve años después de la primera edición de Operación… publicada en 1957).
Capote y el New Journalism: contemporáneos, pero no iguales
Si nos atenemos al prólogo de Tom Wolfe a su antología El nuevo periodismo (donde
resume la historia de esa corriente literaria) queda claro que no es correcto fechar el nacimiento del
New Journalism en 1966, con la publicación de A sangre fría. Según Wolfe, la cosa empezó en la
década anterior, en las redacciones de algunos diarios y revistas de Estados Unidos, y sus personajes
más representativos eran jóvenes periodistas con ambiciones literarias. Nada que ver con Capote,
quien además nunca quiso ser incluido en el New Journalism.
A fines de 1959, cuando encontró la noticia del asesinato de una familia completa de
chacareros de Kansas y se fue a investigar, Capote ya había conseguido la legitimación de la crítica
y el reconocimiento de un público masivo a nivel mundial, además de una montaña de dinero. Pero
también había escrito muchos textos periodísticos, como los incluidos en sus libros Color local (de
1950, pero la crónica con la que empieza el libro es de 1946) y Se oyen las musas (de 1956) una
crónica de la gira de una compañía teatral estadounidense por la Unión Soviética. En el prólogo que
citamos, Wolfe menciona a ésta última como una obra precursora del New Journalism.
Vemos que es un error afirmar que el New Journalism comenzó con Capote, como da por
sentado esa citadísima contratapa, la que muy probablemente inició este mito.
Lo que Capote sí afirmaba que había inventado con A sangre fría era un nuevo género
literario, la “non fiction novel” (“novela de no ficción” o más correctamente “novela sin ficción”),
aunque para muchos este anuncio rimbombante era solo otra expresión de su vanidad. En todo caso,
su propósito de crear una novela usando casi exclusivamente datos tomados de hechos reales puede
entenderse como la culminación de su experimentación con la escritura periodística, además de una
manera de responder o adaptarse al auge del realismo que supuso el surgimiento del New
Journalism.
Lo importante para esta nota es que esa experimentación de Capote con la escritura
periodística sucedió prácticamente al mismo tiempo en que Walsh transitaba su propia manera de
lidiar con el periodismo y lo testimonial. Y allí radica el problema principal de este mito, porque lo
que empezó a hacer el escritor argentino con la primera edición de Operación… no tenía nada que
ver con inventar un nuevo género literario.
Veamos ahora en qué andaba Walsh por esos mismos años.

Walsh y Operación masacre
El 9 de junio de 1956 los generales Valle y Tanco, ambos leales a Perón, encabezaron una
sublevación contra el gobierno de Aramburu. Esa misma noche, en la ciudad bonaerense de Florida
un grupo de personas –algunas de ellas enteradas y con alguna actuación muy menor en la
sublevación– se juntó a escuchar por radio una pelea de box. Como es célebre gracias a Walsh, la
represión de esa reunión consistió en un intento semifrustrado de fusilamiento que además de
clandestino, porque aún no se había declarado oficialmente la ley marcial, fue completamente
irregular.
Walsh, se enteró ese mismo día de la sublevación y su represión. Pero no fue hasta varios
meses después que empezó a investigar el caso. Según él mismo dijo en la entrevista que citamos al
principio, lo hizo por las siguientes razones: “en primer término, la piedad ante el rostro lacerado de
un hombre cualquiera, Livraga, que había pasado por una experiencia terrible. En segundo término,
supongo, un poco tardío impulso de aventura y una pequeña dosis de instinto periodístico”. Es
decir: no por razones específicamente literarias.
Aunque para fines de 1957 ya se había publicado como libro Operación masacre (con el
significativo subtítulo Un proceso que no ha sido clausurado) esa primera versión estaba lejos de
ser la que hoy se lee como la definitiva, o como la única. Entre 1957 y 1972, se publicaron varias
ediciones. En ellas Walsh modificó el texto, sumó datos, eliminó un capítulo entero, agregó
prólogos y epílogos. En esos cambios se puede notar, además del refinamiento de su estilo, cómo
quiso que su investigación interviniera en las cambiantes realidades políticas de la época y cómo
cambió su manera de entender la tragedia que narró. Lo que importa para esta nota es que la
elaboración del libro fue constante durante esos años, los del ascenso del New Journalism y la
publicación de A sangre fría. Además, la escritura de textos testimoniales o de denuncia tuvo en esa
década sus propios desarrollos en el ámbito hispanoamericano, con –por dar solo algunos
ejemplos– la creación de la categoría “testimonio” en el premio de Casa de las Américas, y la obra
periodística de autores como Gabriel García Márquez o Elena Poniatowska.
Si consideramos como definitiva la versión de Operación… publicada en 1972, Walsh llega
tarde a la absurda competencia que nos propone el mito de que “se anticipó al New Journalism”. Si
no simplificamos el complejo recorrido de Operación masacre como libro, notamos que es
exactamente contemporánea de la experimentación de Capote con el periodismo o la “no ficción”,
cuyo comienzo –como ya señalamos– también puede fecharse en 1956, con su libro Se oyen las
musas.
«Operación masacre se constituyó desde el principio como una denuncia y un alegato, que perseguía alguna forma de justicia»
No es un detalle menor que la fecha de publicación de A sangre fría, cuyo texto ya estaba
prácticamente listo para su publicación a fines de 1963, se haya retrasado porque hubo que esperar a
que el estado de Kansas ejecutara a los asesinos de la familia Clutter. Luego de varias apelaciones,
la fecha en que murieron en la horca fue el 14 de abril de 1964. Poco después, la obra maestra de
Capote se publicó en dos números de la revista New Yorker.
Teniendo en cuenta esas fechas, resulta casi exactamente contemporáneo de A sangre fría el
texto de Walsh que más puede asimilarse a la “novela sin ficción” (o reportaje ficcionalizado): su
cuento más famoso, “Esa mujer”. Sin embargo, aunque se pueda considerar al cuento del argentino
un texto de “no ficción” porque está basado en hechos reales, el hecho de que en su momento
prácticamente ninguno de sus datos haya podido verificarse (como sí fueron los de A sangre fría,
por una fact-checker de la New Yorker) y –sobre todo– que se omitan rigurosamente los nombres de
los implicados, significa que el texto no puede tener otro estatuto que el de la ficción, no el de un
testimonio y menos el de un documento. Que Operación masacre y sus otros textos de “no ficción”
puedan tener carácter de documento era lo que le daba al texto fuerza y operatividad política
(aunque todos los casos que investigó quedaron impunes), y el “grado de perfección” o el interés
literario que se le podía dar a la escritura era otra forma de darle fuerza al testimonio o bien algo
que quedaba a cuenta del lector (“Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial,
es cosa suya”, escribió Walsh en el prólogo a ¿Quién mató a Rosendo?). En la ficción según la
entendía Walsh, en cambio, –y esto queda muy claro con “Esa mujer”– es exactamente al revés: lo
que puede dar carácter de testimonio o documento, se omite: “para Walsh –escribió Ricardo Piglia–
la ficción es el arte de la elipsis (…): su construcción es antagónica con la estética urgente del
compromiso y las simplificaciones del realismo social”.
Pero la “no ficción” de Walsh se diferencia en otro aspecto crucial de la de Capote:
Operación masacre se constituyó desde el principio como una denuncia y un alegato, que perseguía
alguna forma de justicia. Cuestiones que no juegan ningún rol en A sangre fría, libro que trata de un
crimen resuelto por la justicia estatal.
Para leer más allá de los clichés
Este repaso acaso muestre que los procesos de escritura y de edición suelen ser bastante
complejos y que la periodización de los sucesos no es algo dado, sino una decisión de quien escribe
la historia. Además, probablemente ayude a aclarar uno de los equívocos a los que puede llevar ese
mito: la asimilación de las poéticas de Walsh y Capote.
El principal error que conlleva este mito, sin embargo, es considerar que la evolución
literaria se da por un solo carril universal, cuando en verdad se trata de desarrollos (la literatura en
EE. UU., en Argentina, en Hispanoamérica) que tanto pueden relacionarse entre sí como ser
autónomos. Entender en qué sentido desarrollos que son concomitantes.












