“Viví en mil lugares, es muy complicado”, me dijo Martínez Siccardi en un momento de nuestro diálogo a través de una videollamada. “La parte más formativa mía –agregó– es mi familia más rural y patagónica, del campo, de la estancia. Yo nací en Río Gallegos [en 1964], después vivimos en Carmen de Patagones, después en General Roca… pero yo volvía a la estancia a pasar los veranos ahí. Es una etapa muy formativa”. Luego de estudiar agronomía, vivió durante una década en Estados Unidos, donde se casó con una lingüista estadounidense con la que tuvo dos hijos (que se criaron bilingües). Después pasó unos años en España y hace dos décadas volvió a Buenos Aires para establecerse allí definitivamente.
Ser escritor no estuvo en sus planes desde un principio, aunque siempre leyó mucha literatura y dejó la agronomía para trabajar como traductor técnico (“De eso he vivido hasta ahora, que la IA está expulsándonos…”, contó).
“Cuando cumplí treinta años –continuó Martínez Siccardi– empecé a sentir que cada vez que leía iba como reescribiendo: pensaba que ciertas cosas se podrían haber hecho de otra manera. Pero cuando intentaba escribir en solitario, lo leía al día siguiente y me parecía espantoso, lo tiraba a la basura”. Unos años después, mientras vivía en Cádiz, una amiga le recomendó un taller literario. “Me sumé, no era la gran cosa pero me puso a escribir”, cuenta el escritor. En ese taller escribió su primer cuento “Memoria fotográfica” (disponible en la web. “Muy lanzadamente –siguió contando– lo mandé al premio Hucha de Oro, que era el de mayor dotación económica de España. Me dieron el segundo premio, de doce mil euros. A mí eso me voló la peluca”.
El cuento narra los últimos días de un personaje llamado Reyes en un asilo de ancianos. Aunque no se dan más detalles, tiene el mismo nombre y puede considerarse el mismo que aparece en Patagonia iluminada (su novela publicada en 2012) y reaparecerá en su novela Margot…, así como en el ensayo autobiográfico “Feeling southern” , cuya traducción al español (con algunas modificaciones) está al comienzo del libro Un mal salvaje, escrito en colaboración con J.M. Coetzee (ver la reseña del libro acá). Reyes era un peón de la estancia de los abuelos de Martínez Siccardi. Un hombre sin familia conocida que vivió en la estancia hasta
su muerte.
De ese personaje y otras cuestiones se trató el resto de nuestro diálogo, que transcribimos a continuación.
Me llamó la atención que en tu primer cuento ya apareciera Reyes.
Es interesante que lo traigas, me hizo pensar. No solo porque aparece Reyes ahí, también por el tema de la recuperación de la memoria. Reyes como un personaje que me ayuda a recuperar la memoria. Me acabo de dar cuenta. Nadie me pregunta por ese cuento.
Me saco el sombrero: hiciste un clic tremendo. Es que no soy un escritor que gire mucho alrededor de mi obra, no la pienso demasiado. Escribo, escribo, voy para adelante. Si alguien quiere analizarla, que la analice.
Es claro que la relación con personas como Reyes y esos días que pasabas en la estancia de tus abuelos fueron muy importantes para el origen de tu literatura.
Ahora que lo miro en retrospectiva, era una cosa bastante brutal: con ocho o nueve años yo me quedaba solo con mi abuela y los peones (habían muerto mi padre, mi abuelo, mi hermano mayor) durante tres meses ahí en el campo, desde que terminaba la escuela
hasta que volvía a empezar. No había otros chicos, casi, estábamos completamente aislados, no había electricidad, había solo una radio…

¿Cómo fueron los siguientes pasos en tu formación como escritor?
Después de ese premio hice todo un proceso, seguí escribiendo cuentos, tratando de aprender a escribir. Estuve muchos años casado con una mujer de Virginia [EE. UU.] entonces en mi casa siempre hubo mucha literatura en inglés, empecé a buscar mucha bibliografía sobre cómo escribir de autores ingleses. Tengo mucho más input de ese lado que del lado español. Después de “Memoria fotográfica” escribí un cuento “Laika”, ambientado en General Roca, que es la reconstrucción de una historia de infancia. Después la convertí en una obra de teatro acá [en Buenos Aires]. Y después hice Patagonia Iluminada [publicada en 2012]. Me fui alejando de Reyes y de las cuestiones de la memoria. Había una cierta renuencia a volver al Cardiel. Bestias afuera [del 2013] está ambientada en la Patagonia, pero no se refiere a ese lugar explícitamente.
Es una zona a la que a veces entrás y a veces te quedás al costado.
Analizándolo en retrospectiva, era una cuestión emocional. Hasta que finalmente me pasó ese incidente que cuento al comienzo de Un mal salvaje [y también en el ensayo “Feeling southern…”], cuando volví a la estancia de mis abuelos después de diez años. Yo
tenía la idea de escribir sobre el tema indígena pero por una cuestión casi de principios, como antropológicamente. Pero ahí me dí de frente con el hecho de que Reyes y toda esa gente, que fue muy importante en mi infancia, eran indígenas. Ahí se me genera una
cuestión casi inescapable. Decidí no escribir sobre otra cosa. Escribí primero Margot en el lago Cardiel [publicada en 2023] que terminó publicándose después de Los hombres más altos [publicada en 2021].
Por esos años también te involucraste más directamente con escritores de pueblos originarios, al coordinar el ciclo La Palabra Indígena, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. ¿Cómo llegó a concretarse ese ciclo?
Fue demasiado sencilla la historia. Estuve hablando con un chico que trabaja en la Biblioteca Nacional con el tema de pueblos originarios. Me levanté al día siguiente y me pregunté por qué no hacían nada en la Feria del Libro. Le pregunté a Ezequiel Martínez y
me dijo que querían hacerlo pero no sabían cómo empezar. Le propuse organizarlo. Y me dio carta blanca desde el primer momento. Salió muy bien la primera edición y las siguientes aún mejor. Ahora estoy viendo de desplazarme, de a poco, porque no me parece
que sea un espacio que tendría que manejarlo yo. Y ya está Viviana Ayilef que me ayudó este año, estuvo prácticamente a cargo. La idea es que yo siga apuntalando desde acá (porque ella está en Trelew), poder abrir un espacio y servir como un puente para que sea
ocupado por las personas que tienen que ocuparlo. Yo puedo escribir sobre el tema indígena, me pueden invitar a hacer alguna cosa, pero estas jornadas tienen que ser organizadas por poetas originarios.
Con la cultura Mapuche en particular te relacionaste más de cerca
Sí, estudié mapuzungun con Victor Quinchao y después hice un Koneltun, me fui cinco días a Bariloche y estuve en un gimnasio con cuarenta personas aprendiendo la lengua y la cultura mapuche.
¿Qué te sumó como escritor conocer la obra de los poetas que participaron del ciclo?
Me gustan algunos de los poemas que he escuchado, me parecieron realmente brillantes. Liliana Ancalao Meli te diría que es la que rankea arriba en el panteón… la verdad que es una mujer increíble. Pero, antes que nada, conocí a personas maravillosas, me la he pasado bárbaro con ellos en la trastienda de las jornadas, en cenas y charlas, juntadas en casa a tocar la guitarra y a comer. Conocí un poco de la realidad de quechuas y wichis y diaguitas y guaraníes… Son escritores políticos, porque no puede ser de otra forma. La literatura indígena está muy atravesada por una cuestión política. Hay reivindicaciones eternas, que están ahí pidiendo salir.
Sí, pero algo que me gustó mucho de Los hombres… fue cómo al final de todos sus viajes el protagonista se refiere a una lengua que hay que inventar. Creo que esa es una clave de la literatura indígena. Lingüísticamente es muy interesante
ese vaivén entre lenguas y traducciones.
Empezás a tirar del hilo y empezás a problematizar tu propia lengua. Me acuerdo cuando Liliana apareció en la feria del libro y estaba con toda la platería, estaba hermosa. Yo le dije “estás hecha una princesa”. Y me respondió: “eso es monárquico”… Entonces todo el tiempo empezás a dudar de tu lengua. Ella leyó Un mal salvaje y me hizo muy pocas observaciones. Me dijo que la había pasado muy mal leyéndolo… y me dijo que cuando yo escribía Patagonia, era más correcto decir “lo que hoy es Patagonia”. Y otra cosa que me señaló fue que yo me refería a “el gaucho”, y ella me dijo: “el gaucho es un colectivo”. Fueron pequeñas cosas como esas, pero muy concretas. Seguramente habrá más adelante momentos de incomodidad lingüística, que lo que hacen es ponerte en permanente duda en el uso de la lengua, que es también dudar del relato oficial.
Margot… y Los hombres… son quizás tus novelas más importantes, aunque no hayan recibido premios
Después de ganar el premio Clarín, escribo Perdidas en la noche [publicada en 2017] y fue nominado para el premio Alfaguara. Yo venía tan embalado después de ganar tantos premios que pensé que lo iba a ganar, pero lo ganó Sacheri por La noche de la usina. Eso fue un golpe que me vino muy bien, aunque no me gustó para nada. Pero pude reconvertirme y se me cambiaron un montón de paradigmas de escritura. Ahí escribí Margot…, Los hombres más altos. Después escribí un libro originalmente en inglés, Patagonians, que era un proyecto similar al de El mal salvaje, con otros autores (uno de Tasmania y otro de Sudáfrica) pero el único que terminó su parte fui yo. Intenté publicarlo en inglés, pero no fue posible. Me quedó ese texto, y le propuse a mi editor de Argentina traducirlo al español para publicarlo en castellano. Estuvo de acuerdo y va a salir en noviembre. El mal salvaje surgió como un proyecto más urgente, pero Patagonians está
listo hace cinco años. Es una historia de mi familia patagónica desde mis bisabuelos, muy mezclada con la colonización, también está el tema de las huelgas… Toda la historia del sur de la Patagonia está conectada con mi familia, que llegó en 1910.
Esta nota fue escrita por Mauro Moschini. Es escritor. Obtuvo el título de Licenciado en Letras en la UBA. Publicó libros de cuentos, ensayos y poemas. Trabajó como docente en escuelas secundarias y coordinó algunos talleres literarios. Colabora con notas en distintas revistas web.












