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Cuando el trueque se vuelve refugio: Pequén, comunidad y solidaridad para enfrentar la crisis

En Fiske Menuco, el Club del Trueque Pequén mantiene viva una práctica nacida en la crisis de 2001, donde el intercambio de bienes también construye redes de contención y comunidad.

Es viernes, son cerca de las tres y un tímido sol de julio asoma entre las nubes. Los rayos iluminan pero no calientan. Decenas de vecinos y vecinas se amontonan a la salida del Centro de Salud del barrio Noroeste. La mayoría son mujeres y niños. La fila es larga desde las dos. La sirena del megáfono y una voz conocida se imponen ante el bullicio. María y el orden. Repasa las reglas del trueque con carácter intachable. Está eufórica. Es severa pero justa. Pienso si actúa para las cámaras o siempre es así. Con la misma rigurosidad con que repasa las normas, de tanto en tanto, dice alguna gracia que las vecinas celebran con risa impostada y obsecuente. Saben que María es la ley. “¡Los de 50 no se reciban más y amarillos tampoco! Se refiere a los créditos. “¡Vamos, empiecen por favor!”.

Una por una, las puesteras pasan, se anotan, declaran sus créditos y reciben su cartoncito que certifica su participación. “¡La que sigue!” María grita innecesariamente a través del altavoz al oído de las concurrentes. Como dos Border Collie de pastoreo, Juana y Alicia ayudan, pero utilizando solo la fuerza de sus pulmones.

Grandes camionetas oxidadas cargadas de cajones de hortalizas entran al predio. Las ansiosas compradoras se anticipan al descargo y se congregan alrededor para obtener los mejores productos. El sector de las verduras se pone en marcha.

Del otro lado, las vecinas disponen sus productos sobre mesas improvisadas: tablones de madera deformados que denotan el paso del tiempo y muestran en sus quebradizas texturas el impacto del cambiante clima patagónico.

el trueque Pequén, el único que quedó en Fiske Menuco luego de aquellos críticos años de principio de siglo

Verduras, ropa, calzado, comida elaborada. Acá hay de todo. Herramientas, útiles escolares, juguetes, alimento para mascotas. El shopping del barrio. Paquetes de fideos, de sal, de azúcar y de yerba. ¿Qué no hay en el trueque? 

Un abrazo fraternal. Un chiste conocido para los propios e indescifrable para los ajenos. Un mismo código. Acá, en el trueque Pequén, el único que quedó en Fiske Menuco luego de aquellos críticos años de principio de siglo, la comunidad comparte un mismo lenguaje: el de la solidaridad, el compañerismo y la necesidad. 

Foto Juan Thomes

La historia del trueque más grande del mundo

Caída de la producción y del consumo, desempleo, recesión récord, miseria, hambre: revolución social y muertes. Lo que pasó entre las décadas de los 90 e inicios del siglo XXI en Argentina es un relato conocido y todavía hoy resuena como un eco demencial en la memoria colectiva del pueblo. Por aquellos años, el país atravesaba una de las peores crisis sociales, políticas y económicas de su historia. La imagen de Fernando de la Rúa escapando en helicóptero de la Casa Rosada, el popular slogan “¡Que se vayan todos!”, y la metálica melodía de las cacerolas, son algunos de los hitos más recordados de esta oscura crónica que terminó con 39 muertos tras una salvaje represión contra un pueblo hambriento y enfurecido luego de varias jornadas de protesta durante diciembre de 2001. Sin embargo, una semilla fue plantada en ese lodazal y su fruto es hoy parte identitaria de la cultura y la economía solidaria y popular de nuestro país. 

Pero vamos por partes. Como cualquier otro animal, la naturaleza humana exige hacer todo lo posible para sobrevivir. Y para ello, nuestra especie necesita, en mayor o menor medida, organización social. No es exagerado hablar de supervivencia. En 2002, con un país en ruinas tras la crisis del modelo de convertibilidad, más del 50% de la población argentina vivía sepultada bajo la línea de la pobreza. Era necesaria una solución para enfrentar no sólo la desocupación, sino también la pérdida del poder adquisitivo y la falta de alimentos en los hogares.

María, organizadora del Club del Trueque Pequén. Foto Juan Thomes

En este panorama trágico nació el trueque en Argentina como una forma de subsistencia. Según ChatGPT (que en paz descansen los diccionarios) “el trueque es una forma de intercambio en la que las personas obtienen bienes o servicios a cambio de ofrecer otros bienes o servicios, sin utilizar necesariamente dinero”. No es precisamente una actividad que nació en Argentina, se trata de una forma de intercambio antiquísima que existió en distintas sociedades. Sin embargo, hay una particularidad que caracteriza al trueque argentino: constituyó el fenómeno más grande a escala mundial.  Allá por el 2002, cuando la crisis vivió sus días más agudos, llegó a reunir a más de siete millones de personas a lo largo de todo el territorio. A priori, puede sonar como una proeza y no faltará alma argenta a la que no se le hinche el pecho de orgullo por este acontecimiento. Es que si se lo estudia como un ejemplo de organizacion y solidaridad social, es prometedor, ya que podríamos estar ante el surgimiento de una economía más humanizada. Sin embargo, si se lo circunscribe al aspecto económico, el indicador da cuenta de la gravedad de la crisis que atravesó el país por aquellos años. Un informe del Centro de Estudios Nueva Mayoría lo explica de la siguiente manera: “Si bien el trueque implica un movimiento social solidario, también es una evidencia de la involución en el desarrollo social de la Argentina, que se ha agudizado con la crisis actual”. Ya sea tomado como ejemplo de economía social alternativa o, por el contrario, como unidad de medida de la profunda crisis, lo cierto es que este suceso se consolidó como una forma de economía paralela y aún hoy sigue siendo tema de estudio para muchos politólogos, sociólogos y economistas de nuestro país y del mundo entero.

Las primeras experiencias se vivieron allá por 1995 en el barrio Bernal de Quilmes, en el Gran Buenos Aires, como una respuesta original e innovadora a la escasez de dinero en efectivo. Un pequeño grupo de personas comenzó a reunirse para intercambiar productos y servicios. Rápidamente, creció. Empezaron a organizarse en diferentes “nodos”, que posteriormente se vincularon a través de la Red Global del Trueque. Para 1997 ya participaban unas 2.300 personas; en 1999, alrededor de 180.000; y para el año 2000 se calculaban unos 320.000 participantes distribuidos en cientos de nodos.

El 2001 fue el momento de mayor expansión. El desempleo, la pérdida de ingresos, la pobreza y las restricciones bancarias hicieron que muchas personas tuvieran dificultades para acceder al dinero y a los bienes básicos. Y para 2002, como se refenció antes, este sistema llegó a involucrar a millones de personas y miles de nodos en todo el país. 

Foto Juan Thomes

El trueque genera redes de solidaridad, cooperación y sociabilidad

Uno de los puntos más interesantes de este nuevo fenómeno era que el participante podía ser productor y consumidor a la vez, lo que más tarde se denominaía “prosumidor”. Para facilitrar los intercambios, muchos clubes comenzaron a utilizar monedas sociales, créditos o vales. El trueque se convirtió entonces en una especie de economía paralela, que permitía a sectores excluidos del mercado formal seguir produciendo, intercambiando y satisfaciendo algunas de sus necesidades. 

Otro aspecto a destacar es que los clubes de trueque no se reducían a simples espacios comerciales. También generaban redes de solidaridad, cooperación y sociabilidad entre personas que compartían la difícil tarea de subsistir día a día en una economía en ruinas.

El Club del trueque Pequén: historia viva de un fenómeno con más vigencia que nunca

María se puso firme con una vecina. Le dice que no puede vender esas cajas de jugos. No entiendo bien por qué, quiero preguntar pero me asusta interrumpir. Creo que le temo a María. Pareciera que, con ese producto, la vecina incumple alguna normativa. La mujer intenta resistir con titubeantes excusas la severidad de la matrona, pero es en vano. Tiene que entregar los productos.

María, Juana y Alicia conforman el trípode que sostiene el trueque en Fiske/Roca. Son algunas de las fundadoras y están desde un principio. La experiencia del trueque en el Alto Valle comenzó hacia finales de los años ‘90 en Villa Regina, cuando un grupo de personas que conoció el sistema que se había implementado en Buenos Aires decidió replicarlo. Al poco tiempo, se trasladó a otras localidades, una de ellas fue Fiske Menuco/General Roca. Los nodos se multiplicaron rápidamente. Las plazas San Martín y Belgrano, el predio de la ex Estación del Tren sobre calle 9 de Julio, y la intersección de San Juan y Salta fueron algunos de los lugares con mayor concentración de personas. Para 2002, se estimaba que más de 4.000 vecinos participaban activamente.

Aunque para muchos es una experiencia extinta en la ciudad, existe todavía un lugar donde este sistema de canje sigue sucediendo: el Club del Trueque Pequén.  A diferencia de otros nodos que desaparecieron tras la normalización post-crisis, el Pequén aun funciona gracias a la perseverancia y resiliencia de sus participantes que mantuvieron la tradición. Y, no sólo no desapareció, sino qué, como expresan sus integrantes, cada vez más personas vuelven a elegir esta actividad, empujados por la creciente depresión económica que vive el país bajo el gobierno de Javier Milei.

Desde sus inicios, el trueque Pequén se caracterizó por su nomadismo. Comenzó a funcionar de manera informal junto a las vías del tren en General Roca. Debido al rápido aumento de participantes, debió trasladarse de forma sucesiva al centro comunitario de Villa San Martín, al predio del Tiro Federal y, posteriormente, a otros espacios barriales. Finalmente, en 2014, se asentó en el predio ubicado a las afueras del Centro de Salud del barrio Noroeste, sobre calle San Juan al 2844. Hoy tiene cerca de 500 socios y socias.

María empezó a formar parte en el 2001, cuando encontró en el trueque una manera de “ayudar al hogar, a la familia y de hacer amistades”, dice. Y hoy, fortalecida por la experiencia, sabe qué el truque cumple un rol clave en la comunidad: “Enferma, con lluvia, o viento, yo estoy. Hay familias que necesitan el pan, por eso yo siempre vengo, al trueque lo manejo de la mano de Dios, porque Él me puso en este lugar, no hay nada que se me haga imposible”.

Para hacerse socio o socia hay que llevar dos alimentos no perecederos y participar tres veces seguidas. Después de la tercera vez, se entrega el carnét correspondientre. Solo los socios pueden comprar y deben realizar un pequeño pago en cada encuentro. Y con ese fondo, se paga principalmente el seguro que exige el municipio, ya que el predio fue cedido por el Ejecutivo local. Los socios también participan en sorteos de alimentos y otros productos.

Hay reglas de oro que resulta crucial no romper: “Tenés que respetar los precios y si vendés con plata te suspendemos, tal vez ni te dejemos entrar más al trueque” expresa con rigor María, y continúa: “No se habla de política ni de fútbol tampoco. Ese es el único requisito, no faltarnos el respeto unas a otras”. Además de controlar los precios para evitar que se cobren valores excesivos, las organizadoras también controlan vencimiento y elaboración. Se pueden llevar alimentos, ropa, calzado y otros productos, siempre que estén en buenas condiciones. 

El trueque funciona con valores internos que permiten intercambiar productos sin utilizar dinero. Los créditos del trueque sirven como una unidad de valor para equiparar los productos. 

Algunos precios:

  • 1 kilo de azúcar: 2,5 millones de créditos.
  • 1 bolsita de cebolla (aprox. 1 kg): 2,5 millones de créditos.
  • 1 atado de acelga: 2 millones de créditos.
  • 1 atado de perejil: alrededor de 100 mil créditos
  • 1 paquete de fideos: menos de 1 millón de créditos.
  • Ropa nueva: un pantalón buzo puede costar hasta 30 millones de créditos.

El trueque es también solidaridad. Sus miembros están organizando un encuentro por el Día del Niño, destinado a los chicos que forman parte del Club. Debido a la difícil situación económica, planean compartir una merienda más austera: “Antes hacíamos bolsitas, pero ahora no. No hemos juntado nada porque la situación económica está mala, las cosas están muy caras, así que solamente les vamos a juntar masitas, una torta, gaseosas y bueno, ahí ves cómo se comparten”, se lamenta. Sin embargo, la premisa es no perder de vista el objetivo principal: darle a las infancias un espacio de contención, diversión y alegría en su día.

Otras veces, el dinero recaudado por el pago de las y los socios, se destina a ayudas comunitarias. “Por ejemplo, la semana pasada tuvimos una socia que perdió su hijo en un accidente y bueno, se le ayudó tanto en mercadería como en verdura y se entregó todo el fondo del trueque a esa socia”. 

“Ya llevamos años, así que bueno, esperemos que las que vengan después tengan la  misma paciencia, el mismo amor por la gente, ante la necesidad”, concluye María.

Juana vino a los 15 años desde Chile,  y hace más de 50 que está en Argentina. Es jubilada y la plata no le alcanza para vivir. Por eso va al trueque o a la feria de artesanos. “Actualmente, como está la economía, el trueque es muy bueno. Hay gente de todas las edades. Muchos vienen a buscar la leche todos los viernes”, explica.

Otra de las fundadoras es Alicia, que estuvo desde la génisis del Club: “Somos muy pocas las que todavía estamos. Pero seguimos por el mismo camino, con los mismos principios morales y éticos e intentamos que las cosas se hagan en armonía, sin groserías y con educación, y la idea genial es que cada uno se vaya con una bolsa de mercadería a su casa”.

Al igual que sus compañeras de organización, tiene la firme convicción de que no es solo un lugar para satisfacer las necesidades comerciales: “Por más que tengas casa, abrigo, comida te falta afecto, ese afecto lo tenés acá y lo encontrás acá. Una vez que ingresas, empezás a cambiar y ves que hay una relación muy especial dentro de la gente del grupo”

María, Juana, Alicia y los más de 500 socios y socias que participan, encuentran en el trueque una trinchera posible, una solución no solo para paliar la emergencia económica, sino también una oportunidad de construir redes de apoyo y contención con ese otro, esa otra que se codea con la necesidad, la urgencia y la vulnerabilidad todos los días.

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