¿Podría estar presente el pasado? No me refiero al plano de la memoria, sino a un tiempo anterior activo ahora, haciéndose presente en el medio físico. Una intervención actual, directa y continua del pasado (y también del futuro ¿por qué no?). Como si todos los tiempos estuvieran bailando en conjunto ante nosotros. El pasado dejaría de ser un tiempo representado en palabras, recuerdos e historias, o más bien no sería solo eso, estaría también impregnando este mismo instante.
Indaguemos en ese evento aún sin nombre, que podría llamarse magia, cronofan o pyromistrol.
Para acercarnos a esta reflexión, lo primero es ubicarnos en otro paradigma temporal. Pensar y percibir el tiempo de otra manera, salir de la cueva, cambiar la geometría.
Imaginemos el tiempo como un piolín: en un extremo el pasado; en el otro el futuro; en el medio, el presente mínimo donde estamos, eso sería una percepción lineal. Si unimos los extremos, se hace un círculo y de pronto pasado, presente y futuro comparten el mismo espacio simbólico. Nada está atrás ni adelante: todo coexiste, los distintos tiempos todo el tiempo, en todos los puntos. Esto no es nuevo; hay y hubo versiones circulares del tiempo en muchas culturas fuera del occidente dominante.
En este paradigma no hay avance hacia un punto en línea recta, sino más bien se vuelve a pasar por las mismas estaciones, que aparecen continuamente en ciclos y esto no implica que todo se repita, o sí, pero de otra forma. Mejor pensar en un espiral continuo que gira y avanza. Cambia continuamente pero siempre igual, como el fuego o el mar. Caos ordenado.
Lo constantemente cambiante que nos atrae. Nos absorbe, capta nuestros sentidos y nos convoca. Esa característica se comparte con lo vivo: lo vivo tiene la propiedad indefectible de cambiar. Creo que es por acá y para que la chispa se contagie y el fuego se avive hay que desarmar.
El pasado dejaría de ser un tiempo representado en palabras, recuerdos e historias, o más bien no sería solo eso, estaría también impregnando este mismo instante
¿Qué es el fuego? ¿Cómo es?
Imaginemos un típico fogón de troncos, que sería el material más natural para quemar. Podremos ver que partimos de un volumen, se inicia, ocurre y transcurre el fuego y finalmente solo queda muy poca ceniza. Para ser más específicos, queda menos de un 2 % del peso original. Esta ceniza corresponde a la fracción mineral, compuesta principalmente por Potasio, Calcio, Magnesio, Fósforo y Silicio, entre otros; elementos que el árbol tomó del suelo. Minerales y metales, que no hacen en sí a la madera, no son el motivo principal de combustión. El 98 % restante, casi la totalidad del peso inicial y el material indispensable para que ocurra el fuego, la madera, se va por donde vino: la atmósfera, como vapor de agua y dióxido de carbono.
Ahora bien: vamos al pasado.
Al crecer, un árbol absorbe dióxido de carbono y oxígeno (gases). Gracias al sol, y con ayuda del agua, usa estos elementos para –mediante la fotosíntesis– crear azúcares y con ellas construir toda su estructura: la madera. Al quemarla nos entrega fuego, gases y cenizas, los elementos que mencionamos y que no participan del fuego. Podríamos decir que impregnan la madera durante su vida. Una especie de condimento en este guiso cuyos ingredientes principales son gases ( más del 98%) y sol.
El pasado dejaría de ser un tiempo representado en palabras, recuerdos e historias… estaría también impregnando este mismo instante
¿Algo enciende?
La mayor parte de los componentes de la planta, casi la totalidad, provienen de la atmósfera, adonde vuelven, y no del suelo donde el árbol solo se ancla y absorbe agua y minerales.
Lo segundo es que el calor y la luz que se generan en el fuego, o podríamos decir el fuego en sí, es sol. La planta lo absorbió durante toda su vida, es energía fijada a la materia a lo largo de años de crecimiento.
Esos rayos solares del pasado están brotando en este momento, tiempo pasado haciéndose presente, sol que no sabemos hace cuanto, atravesó millones de kilómetros por el espacio hasta llegar a la tierra, luego la atmósfera para dar con un árbol, que durante años lo almacena y ahora nos vuelve a calentar en este fuego.
Ahora bien: la vida en todas sus formas se inicia en la fotosíntesis, en esa energía solar que permite sintetizar moléculas, unirlas, hacer estructuras y toda la gama de compuestos que luego se trasladan por toda la cadena trófica. Herbívoros, carnívoros y hongos siguen alimentándose de estos compuestos primigenios, nosotros los humanos también. Al oxidar estos compuestos –que es lo mismo que quemar: el fuego es una oxidación– obtenemos energía, calor o podríamos decir sol acumulado, pequeñísimos fueguitos ocurriendo en nuestras células.
Pensemos por unos segundos en un bosque o algún ambiente natural y todas las relaciones y vínculos que se tejen entre los distintos trofismos. Continuamente se está trasladando de un ser vivo a otro este sol acumulado, absorbido, este sol pasado. De un brote a una liebre y luego al puma, de las hojas a las hormigas mediante un hongo, de una lagartija a una lechuza vizcachera, de las hojas caídas en otoño al micelio que las composta.
En simultáneo, todo el tiempo, aquel sol pasado sigue saltando de un ser a otro, después de su largo viaje. Además de calor, ¿traerá consigo algo más? Algo aún no descubierto, algo sin nombre.

Pues déjeme dudar
Los humanos somos monos muy inteligentes y muy soberbios: mucho cerebro y poca humildad. Tenemos la capacidad de entender mediante la ciencia muchísimas cosas, por ejemplo todo lo que mencioné antes. Cómo funciona la naturaleza, su composición, organización, origen y cómo se transforma. Simios pillos, hicimos herramientas y máquinas para medir, registrar, cuantificar y estudiar variables como temperatura, luz, calor, ondas y rayos de todo tipo y seguimos sumando. Incluso aquellas que no vemos ni percibimos, como la radiación atómica. Hace 100 años: ¿Quién iba a creer que eso existiera? ¿cómo podríamos explicarlo? En muy poco tiempo aquello que llamamos magia o fenómenos que escapan a la lógica pero forman parte de nuestro entorno, se desarman y se teorizan, pasan a tener un nombre, un porqué y un cómo.
De la magia a la ciencia
Si abrazamos aquella humildad perdida, es totalmente posible lo aún desconocido. Por ejemplo: que además del calor y la luz que podemos percibir, este fueguito esté trayendo consigo otras vibraciones, otras magias sin nombrar del pasado, o del futuro, o de los dos. Algunas que percibimos pero aun no etiquetamos y otras que escapan a todos nuestros sentidos, microscopios y termómetros. Quizás aquellos fueguitos que ocurren en nuestra sangre se ven reflejados en el fuego de estos leños, se reconocen en su chispa primitiva. Quizás vibran en conjunto e intercambian sol pasado, fuego presente, y otros condimentos en un juego constante.
Tal vez por eso no podemos dejar de mirar el fuego. Tal vez, nos esté diciendo algo.
Esta nota fue escrita por el ingeniero agrónomo Nacho Bonilla











